Los fenómenos naturales llegan sin aviso, con una potencia que desborda cualquier previsión. Una marejada, un vendaval, un terremoto… todos son recordatorios de que la humanidad, por más avances que acumule, sigue siendo vulnerable ante la fuerza inconmensurable de la naturaleza.
Basta una ráfaga de viento para derribar muros, basta una ola para inundar avenidas enteras. El impacto es devastador, y lo que queda tras el paso de estos fenómenos son daños, pérdidas y comunidades enteras que requieren solidaridad y apoyo.
En momentos así, lo que debería prevalecer es la unión, la empatía, la capacidad de tender la mano al vecino. Sin embargo, duele constatar que todavía hay quienes se alegran del daño, quienes convierten la tragedia en motivo de burla o en excusa para alimentar resentimientos. Esa actitud no solo es vergonzosa, es profundamente inhumana. No se puede festejar la desgracia ajena ni aprovechar el dolor colectivo para ganar protagonismo en redes sociales o para cobrar cuentas pendientes.
Cartagena ha demostrado preparación y respuesta frente a las recientes marejadas. El gobierno actuó con rapidez, las aguas fueron desalojadas y la ciudad se levantó con dignidad. Pero lo que no se puede limpiar tan fácilmente es la indiferencia, la mala voluntad, la falta de caridad de quienes celebran el daño. Esa es la verdadera pérdida: la erosión de la solidaridad, el debilitamiento del tejido humano que debería sostenernos en la adversidad.
La reconstrucción de muelles y avenidas es posible. Lo que no se reconstruye con facilidad es la confianza y la fraternidad entre ciudadanos. Este es un llamado para que reflexionemos, que entendamos que los fenómenos naturales no distinguen colores políticos ni resentimientos personales.
La fuerza de la naturaleza nos recuerda nuestra vulnerabilidad, pero también nuestra capacidad de resiliencia. Lo que hoy se destruye puede ser reconstruido, lo que hoy se pierde puede ser recuperado. Lo que no podemos permitir es que la indiferencia y el resentimiento se conviertan en la verdadera herida de nuestra sociedad.
Cartagena tiene la oportunidad de demostrar que, más allá de las marejadas y los daños materiales, existe una voluntad firme de levantarse con dignidad y de fortalecer la solidaridad entre sus ciudadanos. Que este fenómeno no sea recordado solo por los destrozos que dejó, sino por la unión que tal vez nos pudo inspirar para ser mejores personas.

