Durante décadas, la Semana Santa en Colombia fue sinónimo de recogimiento, silencio y respeto. Las emisoras apagaban la música popular para dar paso a lo sacro; los teatros proyectaban películas bíblicas que nos recordaban la historia de Moisés, el Calvario de Jesús y las grandes epopeyas religiosas. Era una semana marcada por símbolos y prohibiciones que, aunque hoy nos parezcan ingenuas, reforzaban la idea de que esos días eran distintos, sagrados.

Con el tiempo, esa solemnidad se fue diluyendo. La Semana Mayor se transformó en vacaciones: playas llenas, carreteras atestadas y hoteles rebosantes. El sentido religioso cedió terreno al turismo festivo. Solo quedaron algunas tradiciones gastronómicas, como los dulces compartidos entre vecinos, que aún hoy sobreviven en el Festival del Dulce.

Sin embargo, Cartagena ha decidido recuperar el espíritu original. La administración actual entendió que la ciudad, con su centro amurallado y sus siete iglesias coloniales, posee un patrimonio único para el turismo religioso. Así nació una agenda que combina procesiones, conciertos sacros y recorridos por conventos e iglesias, devolviendo a la Semana Santa su carácter de recogimiento.

El resultado ha sido alentador: ciudadanos y turistas han acogido con entusiasmo esta propuesta. Cartagena ya figura en el circuito de ciudades con celebraciones religiosas de alto nivel, y su Semana Santa se ha convertido en un atractivo turístico que no renuncia a la espiritualidad.

Hoy, la ciudad demuestra que es posible equilibrar tradición y modernidad, fe y turismo. La Semana Santa cartagenera no es solo un evento religioso: es un acto de identidad, un recordatorio de que las raíces culturales pueden ser motor de desarrollo y orgullo colectivo.

En tiempos de campañas políticas y debates nacionales, Cartagena nos ofrece una lección: rescatar lo esencial, darle valor a lo propio y proyectarlo al mundo con dignidad. Porque la Semana Santa, más que vacaciones, sigue siendo un espacio para la memoria, la fe y la unión ciudadana.

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