En Colombia, cada elección parece más un campo de batalla que un ejercicio democrático. Lo que debería ser una fiesta ciudadana se convierte en un espectáculo de desconfianza, acusaciones y denuncias. Desde el presidente hasta los candidatos locales, todos cuestionan el sistema, el software de la Registraduría, las decisiones del Consejo Nacional Electoral y hasta el conteo mismo de las mesas. El resultado: un ambiente enrarecido en el que los ciudadanos terminan preguntándose si su voto realmente cuenta.

Lo más preocupante no es la polémica inmediata, sino la falta de voluntad para modernizar el sistema. Durante años se habló de voto electrónico, de voto obligatorio, de mecanismos más transparentes y ágiles. Hoy, esos debates desaparecieron. Mientras más de 80 países ya implementan sistemas modernos —desde urnas electrónicas hasta votación por Internet— Colombia sigue atrapada en tarjetones, papeletas y un ejército de testigos que apenas logra contener la desconfianza.

La paradoja es evidente: en un país donde la cultura de la “malicia indígena” y la trampa parecen estar siempre al acecho, la necesidad de un sistema electoral robusto y moderno es mayor que en otros lugares. Sin embargo, seguimos aferrados a un modelo obsoleto que abre la puerta a la sospecha y al fraude. El día después de las elecciones, en lugar de certezas, lo que llega es una avalancha de denuncias, demandas y acusaciones de robo de votos.

Colombia necesita un cambio profundo. No se trata solo de tecnología, sino de recuperar la confianza ciudadana en que lo que se decide en las urnas es lo que realmente se refleja en los resultados. Modernizar el sistema electoral no es un lujo, es una urgencia democrática. De lo contrario, seguiremos atrapados en el mismo círculo vicioso: elecciones que dividen, resultados que se cuestionan y una institucionalidad debilitada que nunca logra consolidarse.

El reto está planteado: o seguimos disfrutando del caos y la confusión, o damos el salto hacia un sistema electoral digno de un país que aspira a fortalecer su democracia.

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