Hablar de proyectos de ingeniería es hablar de una travesía compleja que va mucho más allá de cifras y cronogramas. Planeación, ingeniería conceptual, básica y detallada, compras, construcción, interventoría, pruebas… cada etapa es un universo de retos y aprendizajes. Quien se atreva a juzgar un proyecto sin conocer estas fases, sin comprender sus dinámicas y dificultades, corre el riesgo de caer en simplificaciones que no aportan nada.

Es cierto: la mayoría de los proyectos en el mundo se atrasan y se encarecen. Las estadísticas lo confirman. Pero eso no significa fracaso. Significa que la realidad —con sus imprevistos técnicos, ambientales, sociales y hasta climáticos— siempre desafía la programación inicial. Excavaciones que revelan redes ocultas, lluvias inesperadas, materiales que tardan en llegar… son parte de la vida misma de la ingeniería.

Lo verdaderamente importante no es repetir que un proyecto cuesta más o tarda más. Lo esencial es que cumpla la función para la cual fue concebido: satisfacer una necesidad concreta, prestar un servicio específico, mejorar la vida de las personas. Esa es la medida del éxito.

Por eso, las críticas son necesarias, pero deben ser responsables. No basta con publicar informes o repetir cifras sin contexto. Se requiere conocimiento, análisis serio, herramientas técnicas y visión de futuro. Solo así la crítica se convierte en un aporte real: ayuda a optimizar, a corregir, a garantizar que el proyecto llegue a buen puerto.

En cambio, cuestionar por cuestionar, escribir por figurar en un portal o en una red social, no construye nada. Al contrario, confunde a la ciudadanía y erosiona la confianza en quienes sí saben y trabajan con rigor.

La ciencia de los proyectos está en adaptarse a lo inesperado, en corregir sobre la marcha, en mantener la mirada fija en el objetivo final. Por eso hacer proyectos es tan difícil. Y por eso no cualquiera puede hacerlo.

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