El barrio de Crespo ha sido testigo de múltiples episodios que marcaron la historia de la aviación en Cartagena. Desde los años sesenta, cuando un avión de la Fuerza Aérea Colombiana terminó envuelto en llamas en el caño Juan Angola, hasta la tragedia del HK731 de Avianca en 1966 que se precipitó al mar apenas despegó, los habitantes han vivido de cerca la vulnerabilidad de un aeropuerto rodeado de barrios residenciales. Cada accidente ha dejado huellas imborrables en la memoria colectiva y ha reforzado la percepción de riesgo constante.

Con el paso de las décadas, los sucesos se repiten: un K-Fir que en 2012 cruzó la vía al mar y cayó en la playa sin causar víctimas, aviones de carga que derrapan, aeronaves que se salen de la pista y terminan en lodazales. La comunidad los llama milagros, porque hasta ahora las tragedias no han alcanzado de lleno a los vecinos. Sin embargo, la acumulación de incidentes demuestra que no se trata de hechos aislados, sino de una realidad que exige reflexión y acción.

La experiencia internacional confirma que los momentos más críticos de la aviación son el despegue y el aterrizaje, precisamente las fases que ocurren en los aeropuertos. Por eso, las normas de diseño recomiendan que estas terminales se construyan lejos de las ciudades, evitando que un accidente se convierta en catástrofe urbana. El caso de Cartagena, con un aeropuerto incrustado en medio de cinco o seis barrios, contradice esas recomendaciones y expone a miles de habitantes a un riesgo innecesario.

A pesar de que existe un proyecto para construir un nuevo aeropuerto fuera del casco urbano, las decisiones se dilatan y se insiste en ampliar la terminal actual. Esta postura desconoce la evidencia acumulada: seis o siete accidentes con gran peligro, que milagrosamente no han terminado en tragedia mayor. La pregunta que surge es: ¿Por qué persistir en una política que desafía la lógica y la seguridad, cuando la ciudad tiene alternativas viables para crecer sin poner en riesgo a su población?

Los habitantes de Crespo, mientras tanto, siguen viviendo con la incertidumbre de que un nuevo accidente pueda ocurrir en cualquier momento. Rezando, como dicen las abuelas, para que los milagros continúen y no se repita lo que ya ha sucedido en otras partes del mundo como, por ejemplo, el siniestro de Brasil, el actual accidente de Puerto Leguizamo y otros más: aviones que terminan cayendo sobre barrios enteros y dejando tras de sí la devastación.

La responsabilidad de evitar que esa historia se repita en Cartagena recae en las autoridades, que deben priorizar la seguridad ciudadana sobre cualquier interés de expansión inmediata.

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