El barrio de Crespo, orgullo cartagenero y testigo de décadas de convivencia comunitaria, hoy enfrenta una paradoja dolorosa: el campo deportivo que durante más de 60 años fue espacio de unión, solidaridad y recreación, se ha convertido en foco de desorden, inseguridad y bloqueo de la vida cotidiana.

Lo que antes fue escenario de tómbolas para levantar la iglesia, de juegos infantiles y de encuentros vecinales, ahora se ve invadido por campeonatos improvisados, consumo de licor, riñas y hasta parqueo ilegal de vehículos. La comunidad denuncia con razón que las vías se bloquean, las ambulancias no pueden pasar y las mujeres son víctimas de irrespeto. El campo, que debía ser un lugar de encuentro, se ha transformado en una pesadilla.

La responsabilidad no puede seguir diluyéndose. La Aerocivil, el Distrito y las autoridades locales deben escuchar el clamor de Crespo y actuar con decisión. La comunidad no pide privilegios, pide lo justo: que el espacio sea entregado al Distrito y convertido en una verdadera unidad polideportiva, con áreas biosaludables, juegos infantiles y espacios para los adultos mayores. Un lugar digno, seguro y pensado para los habitantes del barrio, no para intereses ajenos.

Cartagena no puede permitir que un símbolo comunitario se degrade hasta convertirse en foco de caos. El alcalde tiene en sus manos la oportunidad de transformar una crisis en esperanza, de devolverle a Crespo el espacio que merece. Porque la ciudad que se respeta empieza por escuchar a sus barrios, y Crespo ya habló con claridad: quiere paz, quiere orden, quiere futuro.

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