Por Danilo Contreras

Es muy probable que en la esencia de las grandes transformaciones sociales existan factores que van más allá de los cambios institucionales referidos a la economía o la política, pues suele suceder que la introducción de esperadas reformas e incluso, de nuevas constituciones, no propician en el seno de las sociedades los ideales de justicia, igualdad, prosperidad y concordia que en teoría estarían garantizadas por tales mutaciones.

Intentaré un ejemplo de la historia nacional para clarificar la idea de la introducción: Es paradigma de profundos cambios institucionales la reforma constitucional de 1936 impulsada por el presidente Alfonso López Pumarejo bajo el sugestivo lema de “Revolución en marcha”, en la que se introdujo el concepto de la función social de la propiedad privada, de manera que el ideal socialista que se negaba al carácter absoluto y egoísta del dominio de los medios de producción, parecía materializarse al imponer como obligación general, la utilización de los bienes particulares de tal manera que su explotación redundará en beneficio de toda la sociedad.

Parte de aquel logro se tradujo en la promulgación Ley 200 de 1936 como un primer intento de reforma agraria, que casi 90 años y miles de muertos después, está pendiente de realización a plenitud.        

La hipótesis que planteo carece de originalidad, desde luego. Hacia 1905 Max Weber, insatisfecho con las explicaciones economicistas ofrecidas por las teorías del materialismo histórico de Marx para explicar la irrupción y expansión del capitalismo moderno, escribió la obra clásica “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” en la que propone que la fuerza fundamental detrás del triunfo masivo de este sistema económico, se encuentra en lo que define como “un conjunto de valores que… se esfuerza sistemáticamente por obtener ganancias…” y acumular riquezas, esto es, una ética generalizada y difundida a través de la religión protestante (que también es cultura) con la cual se facilitó el desarrollo y acumulación del capital.

Si hay algo de certeza en estas ideas, habría que concluir que para lograr profundas transformaciones sociales no solo son necesarios cambios institucionales a través de las reformas que se tramitan en medio del agitado y mayoritariamente irracional debate político, sino que es preciso hacer una ponderación y revalorización de la cultura como nicho que propicia el progreso.

Desde ese punto de vista, es poco probable un cambio con vocación de permanencia, si la sociedad no da suficiente importancia a la cultura y a un proceder ético colectivo que ofrezca legitimidad y fundamento a los esfuerzos que se hacen a partir de las leyes y políticas públicas. Quizás por eso Albert Camus expresó, contraviniendo a Maquiavelo, que “En política, son los medios los que deben justificar los fines”.  

En ese contexto y a propósito de las declaraciones de la vicepresidenta de la República, Francia Márquez, realizadas en el marco de la celebración del día de la afrocolombianidad, entiendo que el racismo se erige en obstáculo para la realización de las transformaciones que se plantean en el país.

Ha dicho la vicepresidenta que el gobierno “practica el racismo y el patriarcado”, cuestión problemática si se considera que en la plataforma política de cambio que permitió el triunfo de la actual administración estuvieron entre los primeros renglones del programa, justamente, combatir el racismo y el patriarcado.

Tristemente, producto del cierto fanatismo y un evidente sectarismo político, la sensible afirmación de Francia Márquez, solo fue oportunidad para una especie de ordalía que acusa a la dignataria de insensatez política, cuando no de traición, por haber realizado aquella afirmación, lo que ha impedido que se abra un espacio tranquilo para revisar las motivaciones de tales señalamientos.

Como creo que es importante deliberar sobre ese punto, aún a riesgo de ser destinatario de calificativos sectarios que se acostumbran en nuestro medio, dejemos por establecido que el incidente de Márquez solo sirve de justificación para proponer un debate más profundo que el de la coyuntura política, entendiendo que más allá del gobierno actual, y de todos los gobiernos que ha conocido la historia nacional, el racismo cubre con su negativa influencia a toda la sociedad, en todos sus estratos, sin excepción. Entonces el racismo no es un asunto del gobierno actual, sino de la sociedad en su conjunto, con las implicaciones de violencias múltiples que ello implica.  

Ramón Grosfoguel, brillante pensador caribeño, ha reflexionado al respecto y sostiene que el racismo no es un “simple prejuicio o estereotipo” que aqueja a algunos sectores sociales y que puede corregirse educando al racista, como el infractor “blanco” que recientemente agredió a un agente de tránsito afrodescendiente en Cali por imponerle una reconvención, gritándole “negro basura” y “esclavo”. Según Grosfoguel hay algo más profundo y nefasto en el racismo que una simple prevención o recelo hacia quien es diferente y en este caso negro o negra.

Lo que sostiene Grosfoguel es que el racismo es “institucional” en cuanto establece “jerarquías opresivas de dominación” entronizadas en la cultura desde la colonización de América iniciada en 1492. Esa institucionalización, que no necesariamente esta expresada literalmente en leyes formales, consagra privilegios raciales y estigmatizaciones que llegan a animalizar al racializado, con el objetivo de negarle derechos. Tal vez por eso se explica que el patán de Cali llamaba al agente afro “esclavo”, pues así consigue acentuar su convicción de que no le reconoce derechos a quien lo estaba sancionando como autoridad de tránsito.  

El racismo entonces es, según Grosfoguel, “una estructura de dominación que suele expresarse violentamente”, y en extremo con la disyuntiva “de vida o muerte”.

Una sociedad no puede lograr grandes transformaciones sin hacer una evaluación de la cultura y sin dar valor al proceder ético como un esfuerzo permanente de los seres humanos para hacer lo correcto.

Se atribuyen a Marx estas frases: “La vergüenza es ya una revolución…Y si realmente se avergonzara una nación entera, sería como el león que se dispone a dar el salto…”.

Pues bien, el racismo que padece nuestra sociedad en su integridad, es una vergüenza, que si nos avergonzara, en vez de acentuarla acusando a Francia Márquez de traidora o imprudente en términos políticos, nos podría ofrecer la esperanza del dar un genuino salto hacia las transformaciones y el progreso colectivo.   

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