Por Danilo Contreras

“La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro”.

Esta frase que inaugura el célebre ensayo de Kant (¿Qué es la ilustración?) escrito en el siglo de las luces, en pleno renacimiento de la idea de la democracia, da cuenta de uno de los principios esenciales que dan cimientos a esta forma de gobierno: La reflexión crítica y autónoma. Sin que prospere y se expanda el pensamiento crítico no es posible la democracia.

Hablo de renacimiento de la idea de la democracia, pues después de la Atenas de Pericles, cinco siglos antes de nuestra era, la humanidad había retornado a las tinieblas del oscurantismo y el poder autoritario de reyes, príncipes y emperadores investidos por reglas mágicas y prejuicios para el ejercicio del poder. Es claro entonces que la democracia ha sobrevivido solo durante breves periodos de la humanidad, desde que las primeras sociedades se asentaron alrededor de la agricultura y fundaron ciudades. La mayor parte de la historia, los hombres se ha sometido a heteronomías de diversa índole que han sometido la voluntad de los individuos a los caprichos de unos pocos.

Uno podría especular entonces que la gente no se ha acostumbrado a decidir el destino del gobierno de las sociedades mediante la elección de los mandatarios y, por el contrario, las comunidades encuentran más cómodo someterse al influjo de quienes detentan tradicionalmente el poder, legitimando esa preeminencia con razones teológicas, económicas o simplemente aceptando la imposición por la fuerza de la violencia.

Es muy común escuchar ahora que la democracia está en crisis, por razón de la pandemia y manifestaciones populistas y personalistas que se expresan en demasiadas naciones del mundo. Pero ese argumento no pasa de ser una explicación simplista de la amenaza que se cierne sobre la idea que defiende el gobierno del pueblo, si se entiende que son los autoritarismos y las dictaduras a las que se acostumbró la civilización a través de 10 mil años de sedentarismo del homo sapiens, la que atenta persistentemente contra la posibilidad de participación del pueblo en la determinación de su destino. Vale decir, ha sido mucho más el tiempo que hemos estado sometidos a las dictaduras, que los periodos en que ha prevalecido la democracia, de modo que no hemos aprendido a pensar autónoma y críticamente.

Lo cierto es que las heridas causadas por una peste histórica como la que padecemos y las desigualdades crecientes que llevan a insurrecciones populares como tantas ocurridas en los siglos XVIII y XIX en Europa y América, que dieron pábulo a las repúblicas y a la democracia, han hecho surgir sin recato alguno, las expresiones más bárbaras de autoritarismo fascista y han consumado el desprestigio inducido de las instituciones constitucionales. Los gobiernos que formalmente se denominan democracias, recurren sin rubor al expediente de la violencia para mantener el poder. Los consensos que son necesarios entre los individuos para delegar la soberanía en los gobiernos, como lo planteara Rousseau en su teoría del “Contrato social”, es ya un vestido hecho girones.

Si entendemos que la crisis consiste en la destrucción de la democracia por cuenta de re – ediciones de fascismos de diversa ralea, podríamos converger que en que más allá de las divisiones ideológicas y banderas que solo son posibles cuando se vive en democracia, los partidos que se enfrentarán en las elecciones del 2022, son los que por un lado representan la profesión democrática, que es libertad y justicia, contra los propósitos de colectividades autoritarias que fundamentan el gobierno en la violencia, el temor, la superstición y el prejuicio.

Es necesario entonces que los demócratas de Colombia entiendan que es preciso encontrar los caminos de unidad para enfrentar el despotismo que ya no puede esconderse en discursos y medidas falaces e hipócritas, pues su responsabilidad en la decadencia actual es patética.  

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