Por Rodolfo Díaz Wright

Dicen que la firma que hizo la última encuesta de alcaldes, cuando fue a tomar la información de Cartagena, ubicó a sus expertos en los peajes de Ceballos y Manga y en las estaciones de Transcaribe, todos, en este momento, sin talanqueras ni torniquetes de pago, por orden, obviamente, del alcalde quien cobra esta gracia con una muy buena y populista favorabilidad.

Es la única explicación plausible, para que la aceptación de un mandatario suba por el ascensor, mientras su gestión, su imagen y su respaldo popular, caen en picada, lanzados desde las ventanas del desastre, cada vez más grande, que atraviesa la ciudad.  Respetamos la información suministrada por la firma encuestadora, que en esta ocasión deberá soportar las risitas burlonas de la ciudadanía, ante tremendo descalabro. No es la primera vez que una firma encuestadora nacional “pela la bola” en forma estrepitosa, sin olvidar lo que decía el genio de la política Winston Churchill: “Solo creo en las encuestas que yo mismo manipulo”.

Pero, en fin, estos son los gajes de la Democracia, de quienes algunos se han atrevido a decir, que es el menos malo de todos los sistemas de gobierno, ya que goza de un entramado sistémico de instituciones, normas, reglamentos y procedimientos, que la dotan de inteligencia y que, en definitiva, permiten que, en un sistema democrático, cualquiera pueda ser elegido alcalde o presidente. Les juro que, a estas alturas del partido, ya me lo estoy creyendo.

Pero es cierto. Nuestro sistema democrático electoral permite que cualquiera, con la estrategia adecuada y los métodos precisos, logre que la gente lo elija, aun sin cumplir con unos requisitos mínimos de preparación, sin presentar una propuesta concreta y sin tener ni idea de la “vaca loca” en que se está metiendo. Cartagena es un ejemplo emblemático y, cuando nos rasgamos las vestiduras, después de cada fracaso, echándole la culpa a los mismos de siempre, la verdad es que casi nunca admitimos que somos nosotros los electores, y de pronto nuestra democracia, los únicos responsables de la mala elección.

Los investigadores británicos Geyer y Rihani, sostienen que los 200 años de democracia que hemos transitado, han generado una red de experiencias que han decantado en procesos, reglas y estructuras de tipo constitucional, que le proporcionan un alto grado de inteligencia, que no depende de las personas, sino del conjunto de elementos que conforman el sistema. De esta forma el sistema democrático es independiente de las personas concretas que actúan, e incluso de quienes lo dirigen y también resistente frente a los fallos de los actores individuales. La democracia debe ser entendida entonces como algo que funciona con el votante y el político promedio y que solo sobrevivirá si su propia inteligencia compensa la mediocridad de los actores. Sostienen los investigadores que esto explica el que cualquiera pueda ser elegido dentro de un sistema democrático y el que cualquiera, aun un chimpancé, pueda gobernar.

Hace algunos días leí una entrevista en la que un precandidato, con mucho tino, hacía uso de estos conceptos, para explicar las situaciones actuales: en su opinión, los principales problemas de Colombia y Cartagena, pueden ser explicados a través de esta teoría y consisten en la pérdida de inteligencia de nuestra democracia, debido a las grandes fallas estructurales de nuestras instituciones y los sistemas que la conforman.  Según el entrevistado, comenzando por la constitución, las leyes y el sistema judicial y continuando por congreso, los concejos municipales y los entes de control, todas nuestras instituciones han sido permeadas por la corrupción el clientelismo y, poco a poco, han perdido su carácter de sistemas inteligentes de regulación de la democracia, dejando a la deriva a los gobernantes mal elegidos y propiciando el estado de anomia y caos que vivimos.

El hecho de que permanentemente estemos tratando de tramitar reformas de todo tipo, a nuestras instituciones, en el congreso, y de que estas propuestas de cambio y mejoramiento siempre fracasen, es una clara indicación de que las instituciones de nuestra democracia perdieron su inteligencia, dejaron de realizar su función inteligente, ordenadora y controladora del sistema y de las debilidades de gobernantes mal elegidos y están permitiendo vías de hecho, desgobierno y caos. Para muestra un botón.

Este estado de cosas es lo que genera la necesidad de un elector mucho más juicioso, mucho más informado, ya que nuestra democracia débil, exige una selección más estructurada de verdaderos líderes innovadores. Nuestro proceso electoral no puede seguir siendo el “casting” que hemos venido realizando, para escoger al que haga el mejor reality.

Agatha Christie decía que: “muy pocos de nosotros somos lo que parecemos”.

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