Por Rodolfo Díaz Wrigth
Pienso que me resultó muy divertido ver a los socios del «Country» con sus sombreros aguadeños visitando el centro de Bogotá, protestando airados contra el gobierno del Pacto Histórico.
Los acompañaban «lobos» (como dirían ellos) traquetos, uno que otro ganadero barrigón, exmilitares a quienes no les gusta que les dinamiten las dragas con las que practican su minería ilegal, depredadores de la selva, «emprendedores» corruptos, «altos» funcionarios de las empresas de la oligarquía, entre otros representantes del ethos uribista.
Viendolos en el restaurante de la calle 12 donde almorzábamos con Pili Meira Marambio (porque a veces también hasta a los mamertos nos gusta comer bien ¡Jajaj!) nos preguntábamos ¿contra que carajos es que están protestando?¿Contra la reforma agraria?¿Contra la vida en el planeta? ¿Contra la implementación de los Acuerdos de paz?¿Contra la solidaridad fiscal a partir de la cual se construye democracia?
Al verlos recordé el poema de Machado, ese que habla de aquella «mala gente que camina y va apestando la tierra».Y la tarde soleada, en una muestra de «fair play» cósmico, les permitió a ese puñado de rémoras de un pasado sobre cuyas ruinas de sangre, racismo y exclusión, vamos a construir el país del futuro, salir a manifestar su descontento sin que los gaseara el ESMAD, como nos gaseó a nosotros durante muchas décadas.
Tal vez deberían hacerle caso al exministro Molano y mejor armar un protestódromo en la cancha de golf del country club. Allí podrían seguir protestando hasta el fin de los tiempos; recorrerían sus 18 hoyos «ad infinitum» arengando odio, mientras a su alrededor el mundo -ajeno a sus quejas- se transforma con nuestro esfuerzo, en un lugar donde campeen la dignidad, la solidaridad y el amor por la vida. Y así.

