Por Rodolfo Díaz Wright
La verdad es que hasta ahora vengo a enterarme que, para hablar, comentar y cuestionarse, sobre el estado de postración de nuestros cuerpos de agua, o sobre el desastre ecológico que hemos causado y que se observa a simple vista, es necesario tener título de doctor en Ciencias Ambientales, de alguna universidad de la Ivy League, con nombre impronunciable y con varios siglos de tradición.
Para quienes han hecho la lectura reposada de la obra: El Amor en los Tiempos del Cólera, del Nobel Gabriel García Márquez, recordarán que, ya para esa época, el maestro hablaba del “estanque de podredumbre de la bahía”, en el que se arrojaban todo tipo de escombros y desechos de la ciudad.
Mencionaba los “albañales de aguas negras a cielo abierto” precursores de la peste grande del cólera morbo y remataba con una síntesis alarmada, sobre la crisis que se estaba empollando en el Río Magdalena, por la deforestación de sus riveras, para usar la madera como combustible para las calderas de los remolcadores. Hoy recibimos 2.5 millones de toneladas anuales de sedimentos en nuestras bahías y ciénagas, provenientes de ese desastre.
Nuestro Nobel no tenía doctorados en ciencias de Harvard ni maestrías de Cambridge. Era un simple observador de la naturaleza, al igual que hoy lo son miles de cartageneros, que desde hace rato y con preocupación vienen llamando la atención sobre cómo, amparados en la teoría de la intocabilidad de los mangles, y ayudados por una falta alarmante de cultura ciudadana, nuestros caños, lagos y lagunas, se deterioraron hasta el extremos de estar a punto de desaparecer.
Es asunto de lógica elemental, que no hay que tener doctorados ni triples maestrías, para ver lo obvio y mucho menos para reclamar que se tomen correctivos, se acaben mitos y se derrumben paradigmas y terquedades. De seguir como veníamos y a la espera de los sabios diagnósticos de los doctores, muy seguramente nos cogería el fin del siglo, observando los hermosos TBT de nuestros cuerpos de agua de hace 50 años, afortunadamente publicados en los medios locales para ayudarnos a sobrellevar nuestras nostalgias y tristezas.
Ese doctorismo desenfocado, muy de moda en los últimos tiempos, recuerda la famosa anécdota de los dos tipos de surfistas: Los primeros caminan y pasean en la playa hablando y mostrando, todo el día, sus costosas tablas de marcas extranjeras, construidas con fibras epóxicas catalizadas y madera de álamo. Los segundos se la pasan todo el día dentro del agua, escudriñando el horizonte y cazando la mejor ola. Por supuesto estos últimos son los campeones.
No pongo en duda el profesionalismo y la capacidad investigativa y productiva de nuestros buenos doctores. Conozco varios que me dispensan con su amistad y sus excelentes enseñanzas y que, día a día, vienen haciendo extraordinarios aportes a nuestra ciudad y nuestro país. De estos no se trata. Son los otros, los que no pierden ocasión de mostrar y exigir a todo el que se arriesgue a opinar, que presente sus títulos.

