Por Danilo Contreras

Es preciso dejar por sentado, por lo menos, un par de salvedades antes de soltar la hipótesis en que incurriré, aunque entiendo que estas ideas están condenadas al fuego de antemano.

La primera es dejar establecido que mi argumento no es moralista, ni de “moralina”. Es quizás sociológico, pese a mi culpable ignorancia en esa rama del saber.

Lo otro, más casuístico si se quiere, es que por primera vez intentaré ver una serie de “narcos” de las que pululan por ahí: Veré “Griselda”, pues soy, como tantos cristianos, un secreto (hasta hoy) seguidor de la “Toty Vergara”; y lo haré pues me causa curiosidad observar su capacidad como actriz en un papel tan fuerte como el que se propuso.

Dicho esto procedo a confesar que una pregunta me inquieta en épocas en que los índices delictuales han crecido tanto en este país. Me cuestionó: ¿De donde y por que sale tanto bandido?

Pues bien, desde la altura de la edad que fatigo, puedo tener ya una perspectiva histórica de ciertos hechos que me permiten elaborar una especulación para contestar mi propio interrogante.

La ola criminal que ha cubierto el país desde los tiempos de Pablo Escobar, y su “precursora” Griselda Blanco, ha trastocado las formas de expresión y la identidad de la nación. La influencia de éstos crueles personajes ha penetrado todos los ámbitos, lo que se refleja en detalles que pueden resultar irrelevantes o imperceptibles para la gran masa ciudadana. Así, tengo la impresión que desde finales de los 70 y en la década de los 80, la arquitectura de los hogares de la gente cambió y aparecieron las rejas que acabaron con las amplias terrazas abiertas que invitaban al encuentro desprevenido y jovial. El temor se apoderó de todos con tiroteos y bombas. Era preferible, a partir de esa época, la seguridad de un confinamiento frente al fenómeno delincuencial que renunciar a esa primera barricada. Desde aquellas épocas tomaba fuerza el predominio del traqueto sobre el apacible y respetable vecino.

Pero ese es quizás un dato prejuicioso. Lo que si es cierto hoy, es que las series, los libros, las entrevistas, los documentales, la música y en general diversos géneros de entretenimiento han enajenado a las masas con el fenómeno del “narco”.

El problema de eso es que la pretensión consumista y capitalista de poner en escena a los más atroces delincuentes, ha impuesto que tales personajes sean interpretados por quienes antes eran galanes de telenovelas cursis y actrices hermosas como “La Toty”, e intuyo (solo intuyo), que ya esa circunstancia tiene efectos dramáticos en la sociedad. Intentaré explicar.

Carl Jung, célebre psicoanalista, solo comparable con Freud, sostiene que tanto la personalidad de los individuos y como el inconsciente colectivo (que es una categoría conceptualizada por él), se estructura a partir de “arquetipos”, esto es, de personajes e ideales que por el discurrir del tiempo se convierten en modelos a imitar. El arquetipo del valiente en Aquiles o Héctor de la Ilíada, el filósofo en Platón o Aristóteles, el santo religioso en San Pablo, en fin. Pero el paradigma del valiente, del filósofo o del santo, suelen tener variaciones conforme a las circunstancias del contexto social y temporal. Robín Hood era ladrón pero ha sido sublimizado bajo la tesis, cierta o falsa, de que robaba a los injustos y a los ricos para repartir a los pobres.

El mismo Pablo Escobar, es venerado, dicen, en algunos barrios de su ciudad natal, por haber construido un barrio en un basural para quienes vivían en la miseria. Las camisetas con su imagen son un recuerdo para cualquier visitante de la Comuna 13. Luego, entonces, un segmento social lo convirtió en prócer.

La cultura traqueta que es un epíteto ampliamente usado, como el de “narco corridos”, por ejemplo, dejo de ser una “contra cultura” para convertirse en cultura dominante, y planteó que a eso contribuyen los medios y los poderes institucionales que de una u otra manera han sido infiltrados.

Hace unos días, una de las cadenas radiales más importantes del país entrevistó al señor Carlos Ledher, ex – convicto septuagenario por narcotráfico, quien con voz pausada, como de Papa, habló de lo divino y lo humano, al punto despachar uno que otro consejo espiritual. Todo un “popstar”, o tal vez un “Lama criollo”. El problema central no es ese, sino que en series, películas, libros, entrevistas repetidas hasta el hartazgo (bueno, quizás mi hartazgo) , las víctimas que son quienes pueden testimoniar la maldad de estos personajes, están invisibilizadas, no cuentan, son cifras deleznables y en consecuencia prevalecen las aventuras del temerario que se volvió multimillonario en un par de lances audaces. La inteligencia queda reducida allí a una mera astucia.

En la entrevista a Ledher surge otra arista para el análisis. Inopinadamente el personaje sostiene que aquel presidente campesino y honesto que se elevó con esfuerzo en el panorama nacional hasta hacerse del poder, como teníamos entendido que acaeció con Belisario Betancourt, fue un destinatario más del fácil y vulgar expediente de la financiación narco de su campaña. Que vaina. Dice Ledher que López Michelsen también probó de esas viandas, aunque esto pueda sorprender menos.

Entonces uno se pregunta que puede ser de un pelao que recibe los mensajes subliminales y expresos de esa barahúnda de circunstancias y que esta condenado a reproducir pobreza. Pero aclaró que no hablo solo de los muchachos de los barrios pobres, pues muchos hijos de las élites también llegan a normalizar aquella frase popular del padre que aconseja al hijo y que reza: “Mijo haga plata, no importa como, pero haga plata”. Yo conozco, y la ciudad también, a uno que otro personaje de estos. O aquel otro que “enseña”: “Que robe pero que haga”, ante el cual se rinden demasiados. A la vigencia de estos aforismos pragmáticos contribuye el deleznable arribismo y el consumismo que padece la sociedad colombiana.

Hay entonces, según creo, seguramente en forma equivocada, toda una idiosincrasia “narcotizada” que ha ido determinando el ser y la identidad nacional.

Concluyó con esto: Una cosa es el fenómeno estético del arte de los actores como La Toty, o De Niro, para traer un ejemplo de películas que son clásicos, y otra distinta es el tratamiento y los efectos que en determinados contextos se desencadenan de la avalancha de entretenimiento a partir del “narco”. Por ahí escuché a una actriz secundaria de la producción “Griselda” resaltar en el personaje histórico de esta narcotraficante, sus arraigados sentimientos familiares sin contrastar el sentimiento de las víctimas y sus hijos sacrificados y he leído notas periodísticas en diarios importantes que debaten si la señora Griselda era samaria o cartagenera. Vaya presea.

Excusen lo “cursi” y la impertinencia de estas notas, pero profeso el estoicismo que cuestiona el oropel y me mueve además la controversia dialéctica. De modo que aspiro a que alguno de los escasos lectores de estas líneas pueda controvertirlas. Tal vez eso calme mis preocupaciones y encausar mi precario análisis.

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