EDITORIAL

Colombia lleva más de medio siglo sumida en una espiral de violencia que ha dejado cicatrices profundas en su historia y en su alma. Desde el asesinato de líderes sociales hasta el de candidatos presidenciales, nuestro país ha conocido la tragedia en todas sus formas. Y aunque cada pérdida humana debería doler por igual, la realidad es que no todas conmueven con la misma fuerza. En Colombia, hasta la muerte es desigual.

Cuando un líder social de un barrio popular es asesinado, muchas veces su nombre no alcanza ni una línea en los noticieros. Las autoridades, en ocasiones, guardan silencio o despachan el caso como un número más en las frías estadísticas. Pero detrás de esa vida truncada hay una familia, una comunidad, una lucha silenciosa por la dignidad. Esa indiferencia selectiva es una herida más en la memoria de un país que se desangra por las orillas.

No es nuevo: Colombia ha llorado magnicidios impensables. En 1989, el país se estremeció con el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán, un crimen que aún retumba como símbolo de la podredumbre política de la época. El mismo año, la mafia acribilló a tiros a uno de los símbolos deportivos del país, el futbolista Andrés Escobar, tras un autogol en el Mundial de 1994. Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia, fue asesinado en 1984 por enfrentarse al narcotráfico. Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Álvaro Gómez Hurtado… los nombres continúan. La lista de quienes pagaron con su vida el precio de sus ideales o su papel en la esfera pública es larga, demasiado larga.

Ante esta realidad, los medios de comunicación tienen un papel que no es menor. La reflexión no puede ser prender más fuego al debate con opiniones que señalan culpables antes de que hablen los jueces. El deber del periodista no es levantar antorchas, sino ofrecer linternas: alumbrar con la verdad, sin distorsión, sin rencores, sin euforia.

El periodismo no debe ser un tribunal ni un circo. Debe ser conciencia crítica y ecuánime, capaz de informar con sensatez, con respeto por el dolor de todos, sin convertir la noticia en arma ni la palabra en piedra. Opinar sí, pero con responsabilidad. Señalar, sí, pero con pruebas. Y siempre, siempre, dejando espacio a la dignidad humana por encima del escándalo.

Las redes sociales, por su parte, se han convertido en un mar de emociones desbordadas, trincheras de odio, donde muchas veces prima el señalamiento sin fundamento y la viralización del insulto. Es allí donde más urge una voz serena, una postura ética, un mensaje que invite a la reflexión antes que al enfrentamiento.

Hoy, el país está en vilo por el atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay. Todos, sin distinción de ideología, deseamos su recuperación. Más allá de los desacuerdos, está la vida. Que se salve, que vuelva a la política, que continúe en el debate democrático, ese que debe darse con ideas y no con balas.

Porque en Colombia, ya no caben más víctimas. Y menos aún, más silencio. Pero tampoco más irresponsabilidad.

Hoy más que nunca, el periodismo debe estar a la altura de la historia que cuenta.

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