NOTA EDITORIAL

Por estos días, el alcalde Dumek Turbay ha dejado entrever una preocupación legítima que debería ser compartida por todos los cartageneros con algo de memoria y sentido común: ¿quién tomará las riendas de la ciudad cuando él se despida del Palacio de la Aduana en 2027? Y su mensaje ha sido claro, directo y sin rodeos: “No puede ser cualquiera. No puede ser un loco. No puede ser un hablador. No puede ser un difamador. No puede ser un atropellador de mujeres, de niños, de deportistas con discapacidad”. Una advertencia que, más que una frase para titulares, es un llamado a la conciencia ciudadana.

Turbay no habla desde la arrogancia ni desde el temor, habla desde el compromiso de quien, guste o no, ha demostrado capacidad de gestión, ha reactivado obras paradas, ha devuelto algo de institucionalidad al caos administrativo que heredó y ha comenzado a empujar un modelo de desarrollo urbano que, aunque aún con muchas tareas pendientes, ya se siente en los barrios y en la calle. Esos logros son, precisamente, los que hoy incomodan a quienes se alimentan del desgobierno, del populismo barato y del discurso incendiario.

Las “rasquiñitas” a las que hace referencia el mandatario tienen nombre propio. Son aquellos que desde ya se saborean el caos, que sueñan con volver a tomar Cartagena como botín político, a punta de gritos en redes sociales, de shows mediáticos y de clientelismo disfrazado de “lucha anticorrupción”. A esos, el alcalde les lanza un mensaje anticipado: no basta con tener labia, ni con disfrazarse de “alternativo” mientras en realidad se pisotean los valores más básicos de la decencia pública.

La reflexión es oportuna y necesaria. Cartagena no puede volver a caer en manos de improvisados, de autoritarios camuflados o de supuestos “salvadores” que solo saben destruir lo construido para posar de mártires. Porque ya lo vivimos. Porque ya lo sufrimos. Porque Cartagena no necesita otro “experimento”, sino continuidad con excelencia, rigor técnico, sensibilidad social y visión de largo plazo.

Aún faltan dos años para la contienda electoral, pero el debate está abierto. Y más allá de las preferencias políticas, lo que debe prevalecer es el juicio crítico del ciudadano común, el que se moviliza en Transcaribe, el que clama por seguridad, el que quiere una escuela digna para sus hijos o un parque iluminado en su barrio. Ese ciudadano tiene que saber que no da lo mismo elegir a cualquiera.

Como bien lo dijo el alcalde: “Pensamos en grande, y lo hacemos”. Que el futuro de Cartagena no vuelva a quedar en manos de quienes sólo saben pensar en pequeño y destruir lo que no entienden.

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