En política, las sombras no desaparecen con declaraciones de independencia ni con recorridos de barrio. Se disipan con hechos, con rupturas claras y con coherencia. Y si hay una sombra que sigue acompañando cada paso de Jacqueline Perea es la de José Julián Vásquez, una presencia política que persiste en la memoria colectiva y que reaparece cada vez que ella intenta presentarse como una dirigente completamente autónoma. Por más que busque construir una identidad propia, la pregunta sigue siendo la misma: ¿dónde termina Jacqueline y dónde comienza la influencia de quien durante años marcó buena parte de su trayectoria?
Pero ese no es el único peso que carga. A la conocida etiqueta indeleble de la “Soberana de la Bienestarina”, convertida ya en un símbolo por algunos de los cuestionamientos que la acompañaron tras su paso por Familias en Acción, se suma una percepción aún más difícil de combatir: la de una dirigente cuya lealtad ha sido puesta en duda una y otra vez por quienes alguna vez caminaron a su lado. Son numerosos los relatos que coinciden en describir un patrón recurrente: cercanía mientras resulta conveniente, distancia cuando los intereses cambian y confrontación una vez agotada la utilidad política de sus antiguos aliados.
La política está llena de diferencias y rupturas legítimas. Lo cuestionable no es cambiar de posición, sino hacerlo después de haber obtenido beneficios, respaldo o protagonismo gracias a quienes luego pasan a ser adversarios. Esa conducta, según sus críticos, se ha repetido tantas veces que ya no parece un episodio aislado sino una forma de actuar. Por eso, más que por sus propuestas, Jacqueline Perea termina siendo juzgada por las huellas que deja a su paso.
Al final, el principal obstáculo de Jacqueline no es José Julián Vásquez ni sus contradictores. Es su propio historial político. Porque cuando una dirigente debe dedicar más tiempo a explicar su pasado que a defender su proyecto de futuro, la credibilidad empieza a convertirse en una batalla cuesta arriba. Y en política, la confianza perdida es mucho más difícil de recuperar que cualquier elección.
Por eso, mientras siga proyectándose la sombra de viejas alianzas y continúen acumulándose los cuestionamientos sobre su lealtad, Jacqueline Perea seguirá enfrentando el mismo problema: no lograr que la ciudadanía la vea como una líder independiente, sino como una figura atrapada entre las dudas de su pasado y las consecuencias de sus propias decisiones. Porque las sombras, cuando son persistentes, dejan de ser una circunstancia y terminan convirtiéndose en una definición.
