Judith Pinedo, la Mariamulata, parece vivir atrapada en un eterno déjà vu. Ayer se persignaba con la derecha, buscaba votos en la alta sociedad cartagenera y se cobijaba bajo el respaldo de Funcicar. Hoy, con los años encima y cuando se probaron las mieles del poder, decide pedir votos con la izquierda y cuestionar los privilegios que alguna vez disfrutó.
El problema no es el giro político —los cambios de postura son parte de la democracia—, sino la narrativa que pretende borrar las huellas del pasado. Se quiere vender la idea de que nunca se estuvo con la derecha, cuando las imágenes y la memoria colectiva dicen lo contrario: comulgó, se persignó y se rodeó de quienes hoy señala como culpables de los males de la ciudad y del país. Esa contradicción no se disimula con discursos; la ciudadanía recuerda y cuestiona.
La ciudadanía no olvida. Cartagena recuerda las alianzas, los respaldos y las fotos con la élite que hoy se pretende desconocer. La política no puede ser un disfraz que se cambia según la temporada electoral. La coherencia es la base de la credibilidad, y sin ella cualquier proyecto político se convierte en un espejismo.
La Mariamulata enfrenta el dilema de quienes buscan reinventarse: ¿cómo convencer al pueblo de que nunca se estuvo donde todos la vieron? El riesgo es que la narrativa de hoy choque con la memoria de ayer y que, en lugar de sumar, reste confianza. Porque en política, más que discursos, pesan los recorridos.
El electorado cartagenero merece claridad y coherencia, no relatos acomodados a la coyuntura. Judith Pinedo intenta hoy presentarse como adalid de la izquierda, pero su trayectoria muestra otra cosa: buscó siempre el respaldo de Funcicar, se rodeó de la alta sociedad y se persignó con la derecha cuando le convenía. Esa metamorfosis política, más que evolución, parece oportunismo. Y el oportunismo, en política, suele ser castigado con desconfianza.
La Mariamulata enfrenta el espejo de su propio pasado. No se puede negar lo que fue ni disfrazar lo que se vivió. Los privilegios que alguna vez se disfrutaron no desaparecen con un discurso de reivindicación popular. Cartagena recuerda, y la memoria colectiva es más fuerte que cualquier narrativa electoral. Pretender borrar las huellas de la derecha para vestirse hoy de izquierda es un juego peligroso: la ciudad no necesita máscaras, necesita líderes auténticos.
