En Colombia los apelativos políticos han sido parte del folclor y la sátira popular. “El Cacas” acompañó a Gustavo Petro, según cuentan, desde sus días de militancia en la subversión, mientras que “Porky” se convirtió en el sobrenombre con el que muchos se referían al expresidente Iván Duque, por su fisonomía comparada con la de un puerco o choncho. Ninguno de estos motes, por más repetidos que fueran en redes o plazas, llegó a afectar el buen nombre de los expresidentes. Eran caricaturas verbales que la ciudadanía adoptó como mamadera de gallo para sobrellevar el día a día.
El caso de la primera dama bajo el gobierno de Abelardo de la Espriella es distinto. En medio de la jornada de protestas del 14 de octubre, las bodegas digitales de la izquierda decidieron bautizarla “ratita”, cuestionando su actuar y el manejo de recursos de la fundación que lidera, sin pruebas fehacientes de malversación. Aquí no se trata de un apodo jocoso, sino de un señalamiento que toca directamente su reputación y su honra.
El caricaturista Matador, como un Pilatos moderno, se lavó las manos y dejó que fueran otros quienes instalaran el mote. Pero el efecto fue inmediato: el apelativo se convirtió en bandera de la protesta, sumando ruido político contra el gobierno y afectando la imagen de la primera dama.
Por eso, el presidente Abelardo tiene todo el derecho de denunciar. Porque, a diferencia de los sobrenombres que marcaron a sus antecesores, aquí no se trata de humor popular ni de crítica ligera, sino de un ataque directo al buen nombre de una persona. Y en política, el buen nombre pesa tanto como las decisiones de gobierno.
La estrategia de la izquierda al instalar el mote de “ratita” no es casual. Se produce en un momento de alta tensión social, cuando las calles se llenan de manifestantes y el gobierno enfrenta críticas por sus políticas de seguridad y laborales. Vincular a la primera dama en ese contexto es una jugada política: se busca erosionar la confianza ciudadana en el círculo más cercano del presidente, trasladando la protesta del plano institucional al personal.
El caricaturista Matador, con su estilo ácido, ha sido protagonista de debates similares en el pasado. Sin embargo, en esta ocasión su silencio frente al apelativo y la manera en que permitió que las bodegas digitales lo amplificaran, lo convierten en un actor directo de la campaña de desprestigio. Es un gesto que, aunque pueda parecer menor, tiene consecuencias profundas en la percepción pública.
La diferencia entre el humor político y el señalamiento directo es clara. Mientras los apodos como “Porky” o “El Cacas” se entendían como parte del folclor popular, el mote de “ratita” contra la primera dama se convierte en un ataque a su integridad y buen nombre. Y en un país donde la política se juega tanto en las calles como en las redes, la frontera entre la sátira y la difamación se vuelve cada vez más delgada.
