En cada precampaña electoral aparece el mismo personaje: el candidato improvisado, sin ideas ni programa, que cree que la política se reduce a un espectáculo de ocurrencias. Armado con un celular y la ilusión de que los videos virales sustituyen a las propuestas, se lanza a la calle a pintar cebras, cargar niños o abrazar matronas de mercado, convencido de que esos gestos bastan para conquistar el voto.
El populismo de utilería es eso: la representación teatral de un supuesto “ser del pueblo” que nunca existió. El concejal que jamás ha pintado una línea, ‘el hijo de papi’ que nunca compró en Bazurto, el aspirante que se disfraza de obrero por un día. Todos ellos actúan con la ingenua convicción de que la ciudadanía no distingue entre lo auténtico y lo impostado.
Pero la gente sí distingue. Tras la foto y el video, queda la burla, el comentario mordaz, la certeza de que el candidato se baña con alcohol al llegar a casa porque nunca soportó el contacto con aquello que finge defender. Esa es la paradoja del populismo vacío: pretende acercarse, pero termina alejando.
Lo preocupante es que estas escenas se multiplican. Con la gratuidad de las redes y la facilidad de producir contenido, la campaña se llena de gestos infantiles, de “shows” que buscan likes más que votos. La política se convierte en un catálogo de populismo pendejo, donde lo que importa no es la propuesta sino la pose.
La ciudadanía debe estar alerta. No se trata de rechazar la cercanía con la gente —que es necesaria—, sino de exigir que esa cercanía se traduzca en proyectos serios, en planes concretos, en compromisos verificables. Porque la democracia no se construye con videos de TikTok ni con abrazos de utilería, sino con ideas que resistan más allá del espectáculo.
El populismo de utilería no solo degrada la política, también erosiona la confianza ciudadana. Cada gesto impostado, cada video fabricado para aparentar cercanía, termina reforzando la idea de que los candidatos no creen en la gente, sino en la manipulación. Esa repetición constante de escenas falsas genera apatía, cinismo y distancia entre la ciudadanía y los procesos democráticos, debilitando el verdadero debate de ideas que debería marcar una campaña.
La política necesita autenticidad, no disfraces. Frente a la avalancha de videos populistas que se avecina, la ciudadanía debe exigir propuestas serias y rechazar la infantilización del debate público. Solo así podremos rescatar la esencia de la democracia: un espacio de discusión honesta, donde las ideas valen más que las ocurrencias y donde los gestos no sustituyen a los compromisos.
