La Falacia Ad Verecundiam, o el argumento que apela a la autoridad, es un error lógico en el que se incurre cuando defiendes tu afirmación, soportándote en la fama, el prestigio o la autoridad de una persona y no en pruebas o conocimientos válidos.
El temor o respeto que se tiene a una persona importante, impide contradecir la histórica doctrina del Magister Dixit, o “el maestro lo dijo”, y es lo que lleva al argumentador a usar la falacia y caer en el descomunal error de raciocinio.
Falacia común es creer que, porque una persona es famosa o experto en una cosa, eso le concede experticia en otra muy diferente. “Esta crema para la piel es la mejor, porque la usa James Rodríguez”. El señor Rodríguez es experto en futbol más no en cremas.
Pensar que como soy experto en Urbanismo y Planeación, entonces puedo dar cátedra sobre mecanismos de regulación del consumo de energía eléctrica. Argumentar como válido que, “la demanda del cigarrillo es inelástica ya que Einstein lo afirmó durante una conferencia sobre mecánica cuántica.” Efectivamente Einstein era físico, pero no economista.
En nuestro medio parroquial y pueblerino esto sí que es recurrido y distorsionador de la realidad: Prácticamente todo el mundo argumenta sobre todo y se involucra en todo. He visto personas en acaloradas discusiones e infinitos debates sobre un proceso penal y la forma como debe actuar el juez, sin siquiera ser abogado y mucho menos especialista en ese tema. Al final tranquilamente dirá que él no es abogado, pero si conoció al juez en una fiesta en Barranquilla.
Recientemente participamos en un gran debate nacional, en el que se discutía sobre el incremento del consumo de energía eléctrica en las regiones cálidas del país, a raíz del fenómeno del niño y el consiguiente aumento de la temperatura ambiente. Claramente, se trata de un tema de expertos en generación eléctrica y consumo, uso y control de equipos para refrigeración ambiente, de alimentos y mitigación del fuerte calor a altas temperaturas.
Extrañamente vimos, escuchamos y leímos, infinidad de argumentos, opiniones y recomendaciones, casi todas recurriendo a la vieja falacia Ad Verecundiam, ya que, mientras los pocos expertos se mantenían callados, muchísimas autoridades de otras disciplinas, justificaban sus acaloradas intervenciones bajo el criterio de que su fama, autoridad o experticia, en cualquier en otra cosa, les daba el derecho a decir cualquier barbaridad. Menos mal que la ciudadanía cartagenera está en la moda de la resiliencia y se ha adecuado a convivir con todo este tipo de confusiones
