OPINION
Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
Hay noticias que informan, otras que sorprenden y algunas que, sin proponérselo, terminan
revelando mucho más de quien las publica que de quien es protagonista. Eso ocurre cuando
algunos medios presentan como un hecho casi extraordinario que la gobernadora del
Chocó, una mujer negra, nacida en uno de los departamentos históricamente más pobres y
abandonados de Colombia, hable varios idiomas. Y entonces surge una pregunta tan
incómoda como necesaria: ¿una negra no puede saber inglés?
El problema no está en contar que la gobernadora es políglota. Es perfectamente válido
destacar su formación, sus capacidades y su trayectoria. El problema aparece cuando esa
condición adquiere una dimensión de “sorpresa” porque la protagonista es negra, chocoana
y proviene de un territorio asociado, casi siempre, con pobreza, marginalidad y abandono.
Ahí la noticia deja de ser simplemente sobre idiomas y empieza a hablarnos de los
prejuicios con los que todavía construimos nuestras representaciones sociales.
Porque hay algo profundamente racista en sorprenderse de que una persona negra posea
determinadas capacidades intelectuales o culturales. Es un racismo que no siempre aparece
en forma de insulto, exclusión o agresión; a veces se presenta disfrazado de admiración. Es
el “¡qué sorprendente que hable inglés!”, el “¡quién iba a pensar que una mujer del Chocó
tuviera esa formación!”, como si el conocimiento tuviera color de piel, como si el dominio
de una lengua extranjera necesitara una explicación adicional cuando quien la habla es
afrodescendiente.
Y aquí los medios tienen una enorme responsabilidad. Desde la teoría de la comunicación
sabemos, a través del framing o teoría del encuadre, que los medios no solamente cuentan
los hechos: seleccionan qué destacar y desde qué perspectiva hacerlo. Si durante años el
Chocó ha sido representado principalmente mediante imágenes de pobreza, corrupción,
abandono, violencia y necesidades insatisfechas, se termina construyendo un imaginario
colectivo en el que parece incompatible ser chocoano y, al mismo tiempo, ser culto,
cosmopolita, académico o políglota. Entonces aparece una mujer negra hablando inglés y la
representación entra en conflicto con el estereotipo previamente construido.
Recuerdo entonces cuando a mi padre, por poseer una camioneta que para aquella
época era considerada de alta gama y ser uno de los primeros en tener un vehículo de
esas características en la ciudad, le endilgaron que tenía negocios de “otro tipo”. ¿La
razón? Parecía que para algunos resultaba incomprensible que un hombre negro y
periodista pudiera tener semejante patrimonio. Como si ejercer el periodismo y ser negro
fueran condiciones incompatibles con la prosperidad económica. Como si necesariamente
hubiera una explicación oscura detrás de aquello que, en otra persona, probablemente
habría sido considerado simplemente fruto de su trabajo.
Ese episodio, ocurrido hace años, demuestra que los prejuicios no siempre necesitan
insultos. A veces basta una sospecha. Una mirada. Una pregunta maliciosa. Una
insinuación. El racismo también opera cuando a una persona negra se le exige explicar
aquello que a otros simplemente se les concede como normal.
Por eso la discusión sobre la gobernadora del Chocó va mucho más allá del inglés. ¿Por qué
nos sorprende? ¿Por qué una mujer negra hablando varios idiomas genera más fascinación
que un político blanco de Bogotá hablando inglés? ¿Por qué cuando un europeo domina
varias lenguas hablamos de formación internacional, pero cuando lo hace una mujer negra
del Chocó parece convertirse en una rareza digna de titulares? ¿Acaso el inglés pertenece a
determinadas clases sociales? ¿Tiene nacionalidad, raza o estrato?
Lo verdaderamente preocupante es que todavía exista un imaginario social que parezca
considerar incompatibles la negritud, la pobreza territorial y la alta formación académica.
Eso no es un simple asunto de percepción: es el resultado de décadas de representaciones
que han colocado a las poblaciones negras y a determinadas regiones del país en posiciones
simbólicas de inferioridad.
Colombia se llena la boca hablando de diversidad, multiculturalidad e interculturalidad,
pero todavía tenemos dificultades para mirar al otro sin ponerlo dentro de una categoría
preconcebida. Al negro lo celebramos cuando canta, baila, juega fútbol, béisbol o atletismo;
pero cuando habla varios idiomas, tiene formación internacional, escribe, investiga o ocupa
espacios de poder, pareciera que necesitamos subrayarlo como una excepción. Eso también
es racismo.
Y quizás sea una de sus formas más sofisticadas: el racismo que se disfraza de elogio.
Porque decir “qué impresionante que una negra hable inglés” puede parecer un
reconocimiento, pero debajo de esa frase puede esconderse una pregunta mucho más
problemática: “¿No se supone que alguien como ella no debería hablarlo?”. Ese prejuicio
no necesita ser pronunciado explícitamente para existir. Basta con que la sorpresa esté
condicionada por el color de piel y el lugar de origen.
Una mujer negra no necesita que su inteligencia sea presentada como una excepción. Una
persona del Chocó no necesita que su capacidad intelectual sea contrastada con la pobreza
de su departamento para que resulte admirable. Y ser pobre, haber nacido en una región
abandonada por el Estado o pertenecer a una comunidad históricamente discriminada jamás
debería convertirse en una explicación para justificar por qué alguien es culto, educado o
políglota.
No preguntarnos “¿cómo es posible que una negra del Chocó hable varios idiomas?”,
sino preguntarnos por qué durante tanto tiempo construimos una sociedad en la que esa
posibilidad nos parece sorprendente. La noticia está en nuestros prejuicios.
Y cuando esos prejuicios aparecen reflejados en los medios, ya no estamos hablando
solamente de periodismo. Estamos hablando de la manera en que una sociedad mira,
clasifica y jerarquiza a sus propios ciudadanos.
Una negra puede saber inglés. Puede saber francés. Puede hablar cuatro idiomas.
Puede ser científica, académica, diplomática, empresaria, gobernadora o presidenta.
No necesita dejar de ser negra, ni chocoana, ni provenir de una región históricamente
excluida para demostrarlo. Lo que deberíamos superar no es su acento ni su color de piel.
Superemos esa mirada racista, con la que todavía algunos la observan, sobre todo algunos periodistas que
están en los medios de comunicación.
