Por Epifanio Montiel
Hay algo que resulta difícil de entender en medio de la crisis del agua en Cartagena: Aguas de Cartagena debería estar concentrada en prestar un buen servicio, resolver sus problemas operativos y cumplir sus obligaciones contractuales, no en construir una defensa mediática mientras la Administración Distrital anuncia que está cansada de tantos incumplimientos.
Ahora aparecen expertos en explicar por qué una empresa que lleva años operando debe permanecer indefinidamente, como si la experiencia fuera una patente de corso para no ser cuestionada. El argumento parece ser: “La empresa ya está ahí, sabe trabajar y es mejor dejar las cosas como están”.
De verdad. Porque si hablamos de experiencia, también habría que hablar de la experiencia de los cartageneros: suspensiones que sabemos cuándo comienzan, pero no siempre cuándo terminan; reparaciones que parecen hechas para salir del paso; comunicados explicando por qué nuevamente falló una tubería y comunidades enteras protestando porque no tienen agua.
Esa también es experiencia.
Y resulta curioso que aparezcan tantos defensores desde sus escritorios, mientras pocos conocen lo que significa enfrentar a una comunidad desesperada por la falta del líquido. Mucho menos saben lo que significa tener que enviar costosos carrotanques para atender una emergencia que, en principio, debería evitarse con una operación eficiente.
Porque el debate no puede reducirse a que Aguas de Cartagena “tiene experiencia internacional”. La pregunta es si esa experiencia se traduce en un servicio eficiente para Cartagena.
Y hay otra pregunta que tampoco puede esconderse: ¿quiénes fueron los responsables de haber prorrogado anticipadamente el contrato y bajo qué condiciones? Ahora resulta que una empresa no puede reemplazarse porque podrían generarse problemas. Entonces, ¿qué hacemos? ¿La dejamos para siempre?
Los contratos no pueden convertirse en condenas perpetuas. Las empresas prestadoras de servicios públicos deben ser evaluadas por sus resultados, sus inversiones, sus indicadores y, sobre todo, por la calidad del servicio que reciben los ciudadanos.
Cartagena no necesita empresas eternas ni operadores intocables. Necesita agua, eficiencia y responsabilidad.
Y si seguimos aceptando que, pase lo que pase, siempre existe una explicación, una justificación y un grupo de defensores dispuesto a decir que “es mejor dejar las cosas como están”, habrá que cambiarle el nombre a la empresa: Aguas Eternas y Bendecidas…Eternas, porque nadie parece poder moverlas. Y bendecidas, porque siempre aparece alguien dispuesto a defenderlas.
Pero Cartagena merece algo más que resignación. Cartagena merece agua. Y quienes tienen la responsabilidad de suministrarla deben responder por ella. La alcaldía jamás ha mencionado que hará el proceso con violación de la ley y las garantías fundamentales pero también se debe recordar que en derecho las cosas se deshacen como se hacen.
