El arranque del nuevo gobierno ha traído un aire distinto: más tranquilo, más optimista y con señales claras de que las cosas pueden empezar a moverse en serio. Cartagena, como tantas otras ciudades, espera que las promesas se conviertan en hechos y que los proyectos que llevan años en pausa finalmente reciban la atención que merecen. No es un capricho: son obras estratégicas que determinan el futuro de la ciudad y de su gente.
Uno de los puntos más sensibles es el aeropuerto. Con más de medio siglo de funcionamiento y cuatro ampliaciones improvisadas en medio de barrios que ya no soportan más, es evidente que la infraestructura quedó obsoleta. Cartagena, ciudad turística por excelencia, no puede seguir dependiendo de un terminal aéreo que ya cumplió su ciclo. La urgencia de un nuevo aeropuerto no es solo un deseo: es una necesidad vital para sostener el crecimiento económico y la competitividad internacional.
El otro gran frente es el Canal del Dique, un proyecto que lleva más de 50 años en la agenda y que desde 2016 parecía tomar rumbo definitivo. Sin embargo, las trabas burocráticas y la falta de decisión política lo dejaron paralizado. Hoy, con el anuncio del nuevo gobierno de destrabarlo desde el primer día de su posesión, la esperanza vuelve a encenderse en Atlántico, Bolívar y Sucre, y en los 19 municipios que dependen de esta obra para enfrentar inundaciones, sequías y problemas de agua potable.
La magnitud del Canal del Dique no se puede subestimar: es ingeniería pesada, costosa y de largo aliento. Pero también es la única solución real para proteger a más de un millón y medio de personas, recuperar la bahía de Cartagena y salvar el parque de corales de Rosario. Cada retraso ha significado más pobreza, más inequidad y más rezago. Cada avance, en cambio, abre la puerta a un futuro más estable y sostenible.
Por eso, el compromiso del nuevo presidente y su ministro de Ambiente no es solo una buena noticia: es un punto de inflexión. Si cumplen lo prometido, la Costa Atlántica podrá mirar con más tranquilidad hacia adelante. Cartagena, en particular, tendrá la oportunidad de cerrar brechas históricas y de consolidarse como una ciudad moderna, con infraestructura a la altura de su potencial turístico y ambiental.
En conclusión, el inicio de este gobierno marca un cambio de tono que la ciudad necesitaba. Los proyectos estratégicos ya no pueden seguir engavetados. El aeropuerto y el Canal del Dique son símbolos de lo que está en juego: desarrollo, equidad y futuro. Ojalá que esta vez las palabras se conviertan en obras, porque Cartagena y su gente no pueden esperar más.
