Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Venecia se convirtió en uno de los símbolos mundiales del turismo excesivo. Durante décadas, la llegada masiva de visitantes, el encarecimiento de la vivienda, la sustitución del comercio tradicional, la presión sobre los servicios urbanos y la saturación del espacio público llevaron a la ciudad a imponer restricciones e incluso a establecer una tarifa de acceso. Barcelona ha vivido protestas ciudadanas frente al hiperturismo y el aumento del costo de vida. En Mallorca y las Islas Baleares, las autoridades enfrentan tensiones por la presión sobre el agua, la vivienda y los servicios públicos. Machu Picchu limitó el número de visitantes para proteger su patrimonio arqueológico, mientras Maya Bay, en Tailandia, cerró temporalmente para recuperar sus ecosistemas marinos.
Estos problemas no aparecieron de la noche a la mañana ni fueron consecuencia de una única mala decisión. Surgieron de la acumulación silenciosa de miles de conductas aparentemente normales: un consumo más de agua, un residuo más, un vehículo más, una fotografía más, una presión adicional sobre espacios y recursos limitados. Aisladas parecen inofensivas; multiplicadas millones de veces, degradan ciudades, ecosistemas, comunidades y patrimonios. En ese contexto, existe un principio elemental de las matemáticas: una unidad aislada rara vez impresiona; esa misma unidad multiplicada por millones cambia por completo el resultado. El turismo sostenible enfrenta precisamente ese desafío.
Un turista llega a la ciudad. Baja del avión, toma un transporte informal, compra una botella de agua que terminará o no en la basura, deja el aire acondicionado encendido mientras sale a pasear, elige recuerdos importados en lugar de artesanías locales, consume en establecimientos que no tributan, invade espacios patrimoniales para obtener una fotografía y utiliza recursos que para él parecen ilimitados, pero que para la ciudad son limitados.
Nada de ello parece especialmente grave. Al fin y al cabo, se trata de una sola persona. Sin embargo, cuando ese comportamiento se replica miles o millones de veces al año, sus efectos se hacen visibles y afectan la economía local, los servicios públicos, el patrimonio cultural, la convivencia y los ecosistemas que sostienen la actividad turística.

De eso trata el turismo sostenible. Según la definición más aceptada, es aquel que satisface las necesidades de los visitantes y de los destinos receptores sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. En la práctica, ello exige equilibrar cinco dimensiones inseparables: gestión, economía, sociedad, ambiente y cultura.
Las ciudades que hoy lideran el turismo sostenible comparten una característica: entendieron que preservar el patrimonio y la calidad de vida exige innovar. Ámsterdam apostó por una mejor gestión de los flujos turísticos; Singapur convirtió la sostenibilidad en una política de Estado; Copenhague impulsó una movilidad limpia y un turismo bajo en carbono; Dubrovnik incorporó herramientas digitales para proteger su patrimonio histórico; y Venecia desarrolló mecanismos de acceso y control para preservar la ciudad.

Cada una encontró respuestas distintas, pero todas apuntan en la misma dirección: fortalecer la gestión, proteger el patrimonio, mejorar la convivencia, reducir los impactos ambientales y asegurar que los beneficios del turismo no comprometan el futuro del destino.
Cartagena acaba de ofrecer su propia respuesta a este desafío global. La entrada en operación de una flota de sesenta coches eléctricos en el centro histórico representa un paso importante hacia una movilidad más limpia y respetuosa con el bienestar animal, pero no constituye un hecho aislado. La ciudad impulsa además el turismo comunitario, la conservación marina, la recuperación de ecosistemas costeros y experiencias que conectan a los visitantes con las comunidades locales. En conjunto, estas iniciativas reflejan una visión que busca equilibrar patrimonio, sostenibilidad ambiental, inclusión social y desarrollo económico.
Aunque persisten desafíos importantes relacionados con la informalidad, la presión urbana y la protección ambiental, estas iniciativas muestran que la ciudad empieza a construir una respuesta más integral a las tensiones propias de un destino turístico de escala mundial.
Más que un proyecto puntual, los coches eléctricos forman parte de una transformación más amplia. Cartagena deberá seguir fortaleciendo la gestión de su destino, consolidar una economía turística más competitiva, proteger la calidad de vida de sus comunidades, preservar sus ecosistemas y salvaguardar el patrimonio que le da identidad. A cambio, podrá acceder a los beneficios que distinguen a los destinos más exitosos: mayor competitividad, mejor reputación internacional, inversiones sostenibles, visitantes de mayor valor agregado y una prosperidad más duradera.
Si Ámsterdam representa la gestión inteligente, Singapur la sostenibilidad integral, Copenhague la movilidad limpia, Dubrovnik la protección patrimonial y Venecia la adaptación frente al turismo excesivo, Cartagena aporta una enseñanza propia: demostrar que una ciudad histórica puede modernizarse sin renunciar a su identidad. Quizá por eso los coches eléctricos que hoy recorren sus calles coloniales transportan mucho más que turistas. Transportan la posibilidad de que La Heroica se convierta en una nueva estrella de la constelación mundial de ciudades que han aprendido a hacer del turismo una herramienta de prosperidad, sostenibilidad y liderazgo.
Y es allí donde reaparece la sencilla lección matemática con la que comenzó esta historia. Multiplicar por uno rara vez impresiona. Pero cuando una decisión acertada se replica miles de veces, una innovación inspira a otras y una política pública transforma hábitos e instituciones, el resultado cambia por completo. Del mismo modo que millones de pequeñas acciones pueden degradar una ciudad, millones de pequeñas acciones también pueden preservarla, fortalecerla y proyectarla hacia el futuro.
El turismo sostenible no es otra cosa que esa suma inteligente de decisiones. Cartagena acaba de añadir una más. Tal vez parezca pequeña, como tantas otras que pasan inadvertidas. Pero la historia demuestra que las grandes transformaciones suelen comenzar con una decisión acertada tomada en el momento oportuno. Así como una unidad multiplicada por millones de veces puede cambiar el resultado de una ecuación, una buena política pública, materializada en millones de acciones cotidianas, puede cambiar el destino de una ciudad. Cartagena ocupa cada vez un espacio más visible en la constelación mundial del turismo sostenible.
(*) Magíster en Asuntos Internacionales, Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
