En pasados días aseguraba el alcalde de Cartagena Dumek Turbay que el presidente Gustavo Petro pasará a la historia por haber sido el que más visitó Cartagena en actos oficiales, pero también por haber dejado a Bolívar y a su capital sin las inversiones estratégicas que realmente necesitaban.
Las fotos y discursos no reemplazan la acción, y lo cierto es que proyectos vitales como la restauración del Canal del Dique, que debió ser prioridad nacional para proteger comunidades enteras de inundaciones y garantizar la navegabilidad, quedaron en el aire. La obra sigue esperando mientras los riesgos ambientales y sociales se acumulan.
En materia de seguridad, Cartagena continúa enfrentando problemas graves: homicidios, extorsiones y bandas que operan en barrios populares sin una respuesta contundente del Gobierno Nacional. La ciudad turística más importante del país no puede seguir expuesta a la violencia y la desprotección, mientras se habla de transformación social sin resultados palpables.
La falta de inversión en infraestructura estratégica, en conectividad y en proyectos de impacto regional es evidente. Bolívar no recibió el respaldo que se esperaba en temas de movilidad, salud y educación. Las más de 600 obras sociales ejecutadas en Cartagena durante este periodo fueron impulsadas por la administración local, no por la Nación. Petro nunca asumió un compromiso real con el territorio, y esa ausencia se tradujo en oportunidades perdidas para miles de ciudadanos.
Por eso, antes de elegir al próximo presidente, es indispensable mirar con lupa lo que se ha dejado de hacer. Cartagena y Bolívar no necesitan discursos ni visitas simbólicas: requieren inversión, seguridad y proyectos que cambien la vida de la gente. El Canal del Dique, la seguridad urbana y la descentralización de recursos son deudas que no pueden repetirse. El futuro del Caribe colombiano depende de que el próximo mandatario entienda que ignorar a Cartagena es ignorar al país entero.
El contraste entre la retórica presidencial y la realidad local es demasiado evidente. Mientras se habla de justicia social y de cerrar brechas, Bolívar y Cartagena siguen esperando inversiones que nunca llegaron. La falta de compromiso con proyectos estratégicos como el Canal del Dique no solo es una deuda técnica, sino una omisión que pone en riesgo vidas, ecosistemas y economías enteras. La desconexión entre el discurso nacional y las necesidades regionales ha sido el sello de este gobierno en el Caribe.
De ahí la urgencia de que el próximo mandatario entienda que Cartagena no puede seguir siendo tratada como escenario turístico para discursos, sino como un territorio clave para el desarrollo del país. Bolívar necesita un liderazgo nacional que mire más allá de las fotos y los actos protocolarios, que invierta en seguridad, infraestructura y descentralización. Porque lo que está en juego no es solo el futuro de una ciudad, sino la credibilidad de un Estado que debe responderle a sus regiones con hechos y no con visitas fugaces.
