En Cartagena, cada campaña a la Alcaldía parece reinventar la ciudad desde cero. Los candidatos se esfuerzan por marcar distancia, por vender la idea de que todo lo hecho antes carece de valor. Sin embargo, detrás de esa retórica hay un temor evidente: reconocer la continuidad de las obras y programas de la administración de Dumek Turbay implica admitir que la ciudad sí avanzó, que hubo resultados palpables y que la vara quedó alta.
El actual alcalde fue de los pocos que en campaña habló de construir sobre lo construido. Hoy, mencionar continuidad incomoda porque rompe con el discurso fácil del “borrón y cuenta nueva”. Reconocer que hay obras, infraestructura, inclusión social y visión de ciudad en marcha significa admitir realidades, no promesas. Pero en la política local, aceptar logros ajenos se interpreta como debilidad y pérdida de identidad.
Los cartageneros no tragan entero. Ellos la tienen clara. Saben que quien hable de continuidad no estará copiando, sino garantizando estabilidad. En un contexto donde la ciudad padecía el rezago por cuenta de la inestabilidad y la improvisación la palabra continuidad hoy se convierte en sinónimo de confianza. Por eso, los aspirantes prefieren esquivar el término: temen que al pronunciarlo se les acuse de falta de originalidad, cuando en realidad lo que estarían mostrando es sensatez.
Lo más seguro es que aquel candidato que se atreva a decirlo en voz alta —que Cartagena necesita seguir construyendo sobre lo avanzado— tenga una alta probabilidad de ganar. Porque la gente premia la coherencia, la madurez política y la capacidad de reconocer que las obras no son propiedad de un alcalde, sino patrimonio de la ciudad. Quien hable de continuidad subirá rápido en las encuestas, porque estará tocando la fibra de un electorado cansado de discursos vacíos y deseoso de resultados sostenibles.
La política local debe dejar de ser un concurso de egos y convertirse en un proyecto colectivo. Continuar lo bueno no es claudicar, es gobernar con responsabilidad. Cartagena no necesita candidatos que destruyan lo construido para levantar castillos de arena; necesita líderes que entiendan que la ciudad se fortalece cuando las administraciones se enlazan en un mismo propósito.
En definitiva, la continuidad incomoda porque desnuda la verdad: que gobernar no es inventar frases de cajón, tik tok y demás sino garantizar que las obras, los indicadores y la confianza ciudadana se mantengan y crezcan. El candidato que lo entienda y lo diga sin miedo, será quien logre convertir la contienda electoral en esperanza real de futuro. Hoy más que nunca, la ciudad exige continuidad.
