Cartagena carga sobre sus hombros las huellas de un retraso histórico que se hizo visible en la ausencia de obras de infraestructura durante más de tres décadas. Calles sin modernizar, servicios públicos deficientes, escuelas sin inversión y hospitales sin renovación marcaron el pulso de una ciudad que, pese a su riqueza cultural y turística, quedó relegada en los indicadores nacionales. El atraso no fue solo material: también se reflejó en la falta de espacios de encuentro, recreación y movilidad digna para sus habitantes.
Pero hay un rezago menos tangible y quizás más doloroso: el de la cultura ciudadana. Una ciudad que aspira a transformarse necesita ciudadanos conscientes, respetuosos y comprometidos. Sin embargo, en Cartagena aún persisten prácticas que frenan el progreso: arrojar basura en los canales recién limpiados, estacionar vehículos en las vías públicas, ignorar las normas de tránsito. Estos comportamientos no solo generan caos y gastos innecesarios, sino que perpetúan la sensación de que el esfuerzo institucional se diluye frente a la indiferencia ciudadana.
El deterioro del centro histórico es otro ejemplo de cómo la falta de cultura cívica impacta el patrimonio. Durante años, este corazón de la ciudad se convirtió en un espacio invadido por el desorden, alejado de las familias cartageneras. Recuperarlo ha exigido dedicación y constancia, y aún hoy se libra la batalla por devolverle su dignidad. A esto se suman episodios lamentables, como el acoso a turistas por parte de grupos que buscan dinero en las calles, hechos que empañan la imagen internacional de Cartagena y ponen en riesgo uno de sus principales motores económicos: el turismo.
El camino hacia el cambio está en marcha. El gobierno local ha emprendido campañas para mejorar la infraestructura y fortalecer el turismo, pero la transformación no será completa sin la participación activa de la ciudadanía. Cartagena necesita que cada habitante se ponga la mano en el corazón y entienda que el progreso no depende solo de las obras, sino también de la actitud colectiva. La ciudad puede y debe renacer, pero ese renacimiento exige que sus ciudadanos asuman la responsabilidad de cuidar lo que es suyo. Solo así el esfuerzo institucional se convertirá en verdadero desarrollo y la Heroica podrá ocupar el lugar que merece en el concierto nacional.

