Las encuestas son mucho más que un simple cuestionario aplicado a la ciudadanía. Son un proceso científico que exige rigor metodológico, claridad conceptual y un profundo conocimiento de los fenómenos psicológicos y cognitivos que intervienen en la percepción humana. Sin embargo, en la práctica, muchas veces se trivializan y se convierten en instrumentos improvisados que terminan arrojando resultados inconsistentes y, peor aún, distorsionando la realidad que pretenden medir.
El error más común es confundir percepción con gestión. La percepción es subjetiva, depende de cómo las personas interpretan la información que reciben y de las experiencias que han vivido. La gestión, en cambio, es objetiva y se mide con indicadores concretos: metros cuadrados de espacio público construidos, número de camas hospitalarias habilitadas, costo del pavimento por metro cuadrado. Estos son datos verificables, tangibles, que reflejan el desempeño real de una administración. Pretender evaluar la gestión únicamente a través de encuestas de percepción es un despropósito metodológico que conduce a conclusiones erradas.
Otro problema es la formulación de preguntas. Preguntar por la “satisfacción” frente a las inversiones públicas es un ejemplo de cómo una mala redacción puede invalidar un estudio. La satisfacción está ligada al disfrute sensorial, no a la comprensión de políticas públicas. En cambio, preguntar si la ciudadanía considera correcto construir campos deportivos es una manera clara y directa de indagar percepciones, porque parte de una realidad concreta y comprensible para la mayoría.
La consecuencia de encuestas mal diseñadas es grave: gobiernos cuestionados injustamente, políticas deslegitimadas y ciudadanía confundida. La responsabilidad recae en quienes las elaboran. No cualquiera puede hacer encuestas; se requiere formación, experiencia y ética profesional. De lo contrario, se corre el riesgo de convertir un instrumento científico en un arma política o en un simple ejercicio de manipulación.
En conclusión, medir percepciones y medir gestión son dos tareas distintas que deben complementarse, nunca confundirse. La gestión se mide con indicadores objetivos; la percepción, con preguntas claras y bien estructuradas. Solo así las encuestas podrán cumplir su verdadero propósito: ofrecer información confiable para la toma de decisiones y fortalecer la relación entre gobierno y ciudadanía. Lo demás es ruido estadístico que erosiona la confianza pública.
