Con una mezcla de frustración, rabia y hasta carcajadas, los vecinos de Crespo y de los barrios aledaños al aeropuerto recibieron, una vez más, la noticia de la “gran obra” que supuestamente transformará a Cartagena: la ampliación del aeropuerto Rafael Núñez.

En Crespo y los barrios vecinos ya no se cuentan las reuniones, se coleccionan como estampitas. La número 75 de la ANI y OINAC en apenas un año volvió a traer la misma escena: pala, balde de arena, una nueva foto y el discurso solemne sobre la “gran obra” que transformará la ciudad. El aeropuerto Rafael Núñez, dicen, será monumental, inolvidable, digno de la ciudad más turística de la región. Pero la comunidad ya no ríe, se burla. Porque sabe que todo es puro tilín, tilín… y nada de paletas.

La comunidad ya se acostumbró a estas puestas en escena. Son actos que más parecen una escena de teatro que gestión seria. Se habla de un aeropuerto moderno, con fachada bonita y un hall reluciente, pero se omite lo esencial: no hay licencia ambiental, no hay planos claros, no hay plan de movilidad definido, en fin, hay muy poco para tanto anuncio.

Lo que sí hay son vías del barrio tomadas, casas amenazadas de expropiación y la única manzana de juego de los niños convertida en una improvisada estación de combustible. Mientras tanto, los problemas reales siguen invisibles en los discursos oficiales: el ruido que afecta a casi cien mil personas, la contaminación de la Ciénaga de la Virgen, el desplazamiento de la fauna aviar hacia las casas de Crespo, y el absurdo de tener un aeropuerto incrustado en un barrio y pegado a un ecosistema vital.

Mientras la incertidumbre y la tensión por la ampliación del aeropuerto siguen marcando la agenda de Crespo, la única buena noticia que se mantiene firme es el valor y la constancia con que el alcalde Dumek Turbay defiende a la comunidad. Su esfuerzo se ha convertido en un símbolo de resistencia y compromiso, recordando que la voz de los ciudadanos no puede quedar relegada frente a los intereses externos.

La ciudad merece un aeropuerto digno, sí, pero merece aún más respeto por su gente y por su entorno. No se construye progreso con anuncios vacíos ni con fotos de ocasión. Se construye con planificación seria, con licencias claras, con participación ciudadana y con soluciones reales.

Por ahora, lo único monumental es la desconfianza. Y lo único inolvidable es la burla con la que los vecinos reciben cada nuevo anuncio. Amanecerá y veremos, dicen los cartageneros, aunque ya saben que aquí todo sigue igual. Como diría Aníbal Velásquez, Promesas de Cumbiambera.

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