La reciente visita del ministro consejero de la Embajada de Estados Unidos, señor Jarahn Hillsman, a la Alcaldía de Cartagena no fue un simple acto protocolario ni una jornada turística. Fue, en realidad, un ejercicio de diplomacia práctica que abrió camino hacia el próximo encuentro entre los presidentes de Colombia y Estados Unidos en Washington.
Durante la reunión con el alcalde Dumek Turbay y su equipo, se abordaron temas de enorme trascendencia: desarrollo económico, turismo, seguridad y lucha contra la trata de personas. La agenda fue exhaustiva y reflejó la seriedad con la que ambas partes asumieron este acercamiento. Posteriormente, el recorrido por muelles, puertos y sitios turísticos de la ciudad reafirmó que Cartagena es un escenario estratégico para la cooperación internacional.
Sin embargo, mientras a nivel local la visita fue valorada y celebrada, en el ámbito nacional no recibió la atención que merecía. En momentos de tensión diplomática, este tipo de gestos son vitales para reconstruir confianza y preparar el terreno de los grandes acuerdos. Cartagena demostró que la diplomacia también se teje desde lo territorial, y que las ciudades pueden ser protagonistas en la política exterior.
La visita del ministro Jarahn Hillsman debe entenderse como el primer trazo de la agenda que se discutirá en Washington. Fue un paso firme hacia la normalización de las relaciones con nuestro principal socio comercial, y un recordatorio de que Colombia necesita fortalecer sus vínculos internacionales para enfrentar los desafíos regionales y globales.
Bien por Cartagena, que supo abrir sus puertas y mostrar su potencial. Bien por la Embajada de Estados Unidos, que entendió la importancia de acercarse al territorio. Ahora corresponde al Gobierno central reconocer el valor de estos gestos y darles el eco que merecen. Porque lo que se inició en Cartagena no fue un protocolo: fue el comienzo de una nueva etapa en la relación bilateral.

