Gobernar una ciudad siempre se presenta como un honor, un privilegio, incluso como una oportunidad de dejar huella. En tiempos de campaña, ser alcalde parece un destino atractivo: abundan los discursos, las promesas y las ilusiones colectivas.
Sin embargo, cuando la euforia electoral se disipa y llega la realidad del poder, se descubre que el verdadero reto no está en ejecutar proyectos, sino en enfrentar la resistencia constante de sectores que se incomodan incluso con lo que beneficia a la mayoría.
En Cartagena, esta paradoja se hace más evidente. No es difícil hacer obras, levantar un malecón, iluminar la ciudad en Navidad o traer un artista internacional para que la ciudadanía disfrute gratuitamente de un espectáculo de talla mundial. Lo difícil es lidiar con quienes se oponen sistemáticamente, con quienes ven en cada iniciativa un motivo de molestia, con quienes convierten el progreso en un campo de batalla político o personal.
La contradicción es clara: hay quienes protestan por una vía nueva, pero aceptan sin reparo viajar en moto sin casco, expuestos al ruido, la contaminación y al riesgo de accidentes. Se incomodan con la inversión pública, pero toleran prácticas que ponen en peligro su propia vida.
Cartagena necesita más que obras: necesita unión. La ciudad no avanzará mientras la ciudadanía se dedique a obstaculizar por resentimientos, por intereses particulares o porque “no fue mi candidato”. El progreso exige corresponsabilidad, exige que todos empujemos hacia el mismo lado, que entendamos que apoyar al gobierno en su tarea no es un favor, sino un deber ciudadano.
La invitación es urgente: que Cartagena deje atrás la fragmentación y abrace la unidad. Que la crítica sea constructiva y no un muro permanente. Que la ciudad avance más rápido, con la fuerza de todos, hacia el futuro que merece.

