En Cartagena, como en muchas ciudades, siempre habrá quienes prefieran señalar la falla mínima antes que reconocer el esfuerzo colectivo y los logros alcanzados. Un atraco aislado se convierte en argumento para descalificar las inversiones en seguridad; un sector del alumbrado navideño apagado se transforma en excusa para afirmar que todo el proyecto fue inútil. Se trata de una dinámica injusta que degrada el debate público y alimenta la desinformación.
Más preocupante aún es que algunos ciudadanos han llegado al extremo de dañar deliberadamente sistemas como semáforos o alumbrados, para luego usar ese daño como arma de crítica. Esa actitud no refleja inconformidad legítima, sino una voluntad de obstaculizar el progreso y sembrar desconfianza en las instituciones.
El alumbrado navideño, por ejemplo, no es un lujo caprichoso: es una inversión en cohesión social, en alegría compartida, en el espíritu de unión que caracteriza esta época del año. Detrás de cada proyecto hay funcionarios que madrugan y trasnochan para que la ciudad avance, para que los servicios funcionen y para que la comunidad disfrute de espacios dignos.
La crítica constructiva es necesaria y bienvenida, pero la maledicencia y el resentimiento solo debilitan la confianza ciudadana. Ojalá que este fin de año, junto con las luces que adornan nuestras calles, se encienda también un espíritu de solidaridad y reflexión. Que entendamos que las obras de la ciudad buscan siempre ayudar, crecer y tender la mano a quienes más lo necesitan.

