Por Rubén Darío Rodríguez
La política suele ser un terreno donde las palabras y los gestos dejan huellas más profundas que los proyectos. William Dau, quien llegó a la Alcaldía de Cartagena con la bandera de la anticorrupción y el estilo irreverente que lo convirtió en figura mediática, hoy enfrenta el peso de sus propias decisiones. La sanción de 12 años de inhabilidad para ejercer cargos públicos no es solo un castigo jurídico, sino también el símbolo de un ciclo que se cierra con sabor amargo.
El “Tractor” prometió arrasar con las viejas prácticas terminó atrapado en la paradoja de la política: la participación indebida, las confrontaciones constantes y la falta de consensos lo llevaron a cosechar más conflictos que resultados. Su discurso frontal, que en un inicio despertó simpatías, se transformó en un estilo que aisló aliados y debilitó la gobernabilidad.
La lección es clara: la lucha contra la corrupción exige más que denuncias y titulares; requiere estrategia, institucionalidad y capacidad de construir acuerdos. Dau recogió frutos amargos. Sembró más confrontación que gestión, más ruido que resultados. Cartagena lo eligió con esperanza. Hoy la misma ciudadanía observa cómo la política del choque dejó tras de sí un vacío de confianza y un terreno fértil para la reflexión.
De esta manera dio paso a la gestión, a la gerencia y al desarrollo de las obras en cabeza de Dumek Turbay. La incapacidad de Dau le abrió las puertas de par en par al actual mandatario de los cartageneros y hoy la ciudadanía siente que se puede trabajar, llegar a consensos y echar para delante.
Los cartageneros se cansaron de Dau y de sus informes insulsos con los que sigue diciendo lo mismo. Lo único que muestran hoy es a un anciano decadente, derrotado y cada vez más solo. Lo peor que le puede ocurrir a un ser humano es despertar lástima y considero que esto está pasando con el exalcalde.
La historia recordará su paso como un experimento político que mostró la fuerza del discurso anticorrupción, pero también sus límites cuando no se acompaña de visión y estructura. En tiempos donde la ciudad necesita unidad y planificación, el caso Dau es advertencia y espejo: no basta con denunciar, hay que gobernar.
Dau, que te quede claro, Cartagena no necesita papá que la quiera, para eso estamos los cartageneros. Más bien quiérase usted mismo.

