El escenario político en Cartagena y Bolívar se ha ido calentando con rapidez. Las esquinas del movimiento hablan de candidaturas, alianzas y coaliciones, como si la terminología electoral fuera el nuevo idioma de moda. El ambiente está cargado de expectativas, especialmente en torno a la Cámara de Representantes, donde la votación regional define directamente los resultados.

Sin embargo, lo que sorprende no es la efervescencia natural de la política, sino la manera en que se ha reducido a una competencia por estar en una lista. La pelea no es por construir programas sólidos ni por presentar propuestas que respondan a las necesidades de la región, sino por figurar en cualquier lista, incluso en aquellas con mínimas posibilidades de obtener una curul.

Se observan movimientos exóticos, alianzas inesperadas y candidatos que cambian de partido como quien cambia de escenario. Pero lo verdaderamente extraño es que la vocación de servicio público parece ausente. No se escuchan planes de trabajo, metodologías claras ni compromisos con la ciudadanía. Lo que importa es la presencia en el ambiente político, más que la posibilidad real de ser elegido.

Este fenómeno refleja una política que se estanca en la forma y olvida el fondo. La moda de las listas no puede sustituir la responsabilidad de ofrecer proyectos serios y viables para Cartagena y Bolívar. La ciudadanía merece más que nombres en un tarjetón: merece propuestas, visión y compromiso.

Amanecerá y veremos, sí. Pero lo que deberíamos ver es un debate político que trascienda la lucha por estar en una lista y se convierta en una verdadera competencia de ideas y soluciones para la región.

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