En Cartagena hemos vivido días de tensión y de dolor. La tragedia que se desató cuando algunos motociclistas usaron una autopista como pista deportiva y nos dejó cicatrices profundas: vidas perdidas, familias golpeadas y una ciudad que se preguntaba cómo evitar que la historia se repitiera.
En medio de la indignación, la primera respuesta fue la prohibición. Era comprensible: proteger la vida parecía exigir un “no” rotundo. Pero la rebeldía también apareció, y el conflicto amenazaba con crecer.
Entonces ocurrió lo que pocas veces sucede: las partes se sentaron a hablar. Se escucharon, se reconocieron, se dieron la oportunidad de entenderse.
Y lo que parecía imposible se transformó en un acuerdo justo, humano y civilizado. El domingo 23 de noviembre, Cartagena fue testigo de que el diálogo no solo evita tragedias, sino que abre caminos de convivencia.
Hoy los practicantes del stunt muestran su talento en escenarios seguros, y la ciudadanía disfruta de un espectáculo que antes era motivo de miedo. La administración, con liderazgo sereno, demostró que escuchar es gobernar.
Este episodio nos recuerda que el diálogo no es un recurso menor: es la herramienta que convierte la confrontación en soluciones, la tristeza en esperanza, la imposición en acuerdos. Colombia lo ha aprendido en su historia, y Cartagena lo reafirma en su presente.
Que este ejemplo nos inspire: cuando nos escuchamos, la ciudad respira y la vida se defiende.

