Es natural que nos sintamos orgullosos y emocionados al ver a nuestra gente vibrar con la cumbia, la champeta, el teatro y tantas expresiones culturales que nos definen. ¿A quién no le alegra ver un grupo danzando, cantando o actuando en nuestras calles? La cultura es identidad, es alegría, es resistencia.

Es de aclarar que en este gobierno del alcalde Dumek Turbay, esas manifestaciones no solo han sido celebradas: han sido respaldadas. Se han visibilizado, se les ha dado valor institucional y se les ha apoyado financieramente. Se han abierto convocatorias, se han premiado trayectorias, se ha patrocinado el arte con criterio y compromiso.

Por eso, resulta injusto —y francamente mezquino— que se pretenda estigmatizar a la administración por un simple llamado de atención de la autoridad competente. Porque así como el Estado apoya, también exige: exige permisos, horarios, niveles de ruido, condiciones mínimas para garantizar la convivencia. Y eso no es censura, es responsabilidad.

Criticar a la Policía por cumplir su función legal, o usar un hecho aislado para decir que el gobierno no apoya la cultura, es una distorsión malintencionada. Es querer convertir una norma en una narrativa falsa. Es usar el arte como escudo político, cuando debería ser puente de diálogo.

La cultura merece respeto, pero también orden. Y el gobierno que la respalda tiene derecho —y deber— de exigir que se practique con responsabilidad. Porque el arte no se apaga con una norma: se fortalece cuando se le da estructura, apoyo y espacio para crecer.

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