Por Danilo Contreras

No me extenderé en detalles para intentar describir la sorpresiva y sorprendente expedición en la que me vi involucrado hace unos días; tampoco hablaré de los protagonistas a quienes sólo acompañé, de forma más o menos silenciosa (like a rolling stone, según rezan los versos de Dylan), a no ser por la mención de la mujer que rosa los ochenta años y que apenas nos insinuó con la firmeza de quien narra lo que se ha vivido, la terrible historia que ha acompañado los agrestes parajes de aquella región que nunca imagine conocer.

Caía la noche en la ciudad de cielos cenizos cuando empezamos a descender de la cordillera por un laberinto de túneles y barrancos que amenazaban sepultarnos con algún azaroso alud de la montaña saturada por el agua que la deshacía sin clemencia. En el claroscuro de la noche las ventanas del vehículo mostraban las nubes descendiendo como un manto delicado a arropar los picos de la serranía. A un Caribe como yo, acostumbrado a dejar que la vista se aleje en el horizonte intocable del mar, le asombra la sobrecogedora inminencia de aquellos montes que parecían tragarnos y ver los pueblecitos iluminados que han colonizado sus laderas. Pienso al ver aquellas imágenes, en los primeros que se atrevieron a explorar, abrir trochas y establecerse allí.


El laberinto que se insinuaba infinito va terminando y se abre la llanura en la ciudad a la que llaman “Puerta” a un mundo que promete abundancias y misterios. El viaje a Villavicencio tenía una motivación luctuosa. Los guías debían acompañar a la mujer que rosa los ochenta, quien enterraba a su hermanito, cómo luego escuché de su propia voz. Su hermanito también septuagenario, pero su hermanito al fin. Ella, según contaba, militó la profesión del periodismo que cursó en una prestigiosa universidad de Bogotá y luego ejerció en las encrucijadas de las más diversas y complejas provincias de este país que no ha podido ser nación aún.


La puerta a la llanura es la alegoría de una urbe en plena expansión en la que se siente un apasionado apego al folclor y donde abundan las referencias a la vastedad del horizonte como si aquella inmensidad fuera el reflejo y la medida del orgullo por su terruño, como nuestro el ser Caribe.

El sábado transcurrió sin sobresaltos para caer en la madrugada del domingo, como habíamos caído antes desde el laberinto que nos trajo de la ciudad fría y grisácea, en la cinta asfáltica que nos conduciría a los límites de la Amazonía, justo donde termina el llano abierto y empieza la tupida selva. Atrás íbamos dejando los Morichales, esa hermosa palabra con la que los llaneros nombran sus oasis de agua y fauna, que son la antesala de la manigua misteriosa.


La voz temblorosa y apaciguada por lustros de locución y arriesgado periodismo radial, se escucha de nuevo para describir el paisaje y contar, sin detalles: “Esa hacienda de allí era la sede donde “alías cuchillo” convocaba a políticos, periodistas, campesinos y colonos. Era un hombre delgado y alto, que se paseaba con las manos a la espalda mientras hablaba. Sus maneras eran sigilosas pero su accionar alentaba el miedo”, narraba. Sigiloso y terrible, aparentemente apacible pero mortal; toda paradoja suele ser apasionante, pero engañosa y a menudo aciaga.


Más adelante, una señal anunciaba el paso por Mapiripán, cuyas borrosas evocaciones no alcanzan a describir la tragedia de la masacre de más de cuarenta personas ignoradas que comparten conmigo, tal vez sin quererlo o sospecharlo siquiera, el gentilicio de colombianos.

Por toda esta región medraban, a sus anchas, pero de forma alternada, según los rigores de la guerra, tanto Cuchillo o Don Berna, como Jojoy y el propio Tirofijo quienes bajaban de la cordillera por el río Guayabero que luego se unía con el Ariari para formar el gran Guaviare, seguía atestiguando la mujer. La llanura se nos ofrecía ahora en paz, agreste y abundante en la producción de comida, pero a la vez inquietante por lo que podía esconder aún aquella extensión por cuenta de una violencia absurda que no acaba.

Luego, aparece el Guaviare, inmenso, atravesado por un puente reciente que nos lleva del Meta a la mismísima ciudad nueva de San José que apenas empezó a forjarse a principios de los años sesenta del siglo XX. La soledad de la llanura se vé rota por una muchedumbre de mujeres en bici que me impresionaron como un desafío a los prejuicios que imaginan a la gente de
allí, arrinconada por la violencia. Se veían enérgicas y adivine en sus múltiples rostros el amor que sentían por su región.

Arribamos al puerto sobre el Guaviare que anunciaba una red fluvial que conducía hacía algo más grande aún, incierto pero sin duda exuberante. Allí la opulencia de la naturaleza intimida. Al regreso me ofrecieron un coco con tanta agua que sin duda se podría saciar la sed de cualquier cristiano por unos tres días. La mujer que lo despachó (la presencia de la mujer ha sido constante en la travesía, lo cuál me hizo reflexionar sobre la resistencia de y en los territorios) era alta y fuerte.

Su manejo del machete era magistral e insinuaba su poder. “De dónde traen esos cocos”, pregunté, “del otro lado del Ariari”, respondió. Extrañé la época en que los cocoteros abundaban en las cercanías de Cartagena o traídos de la isla de San Andrés y no era excepcional un arroz de coco en cada “golpe”.
Finalmente, vino el ascenso de regreso al frío de la capital. El laberinto que nos trajo, no permitiría el retorno. Pocas horas después de haberlo superado, la montaña se vino encima del camino y la vía fue cerrada.

Los amigos que lideraban aquella inusitada expedición planeaban, sin contar con mi prescindible opinión, una estrategia para el regreso. Las alternativas no parecían sencillas. Yo sólo atinaba a animar, no sin timidez: “Vamos para adelante, mañana es lunes y hay que trabajar”. Fácil decirlo de mi parte, pero no para quién iba al volante y completaba trece horas conduciendo, desde la orilla de la selva hasta el pie de la cordillera.

En la casilla del primer peaje preguntamos por nuestras alternativas para el regreso. Una jovencita nos respondió que podíamos volver dando la vuelta por Boyacá que era el camino largo, o por Choachí. Ambas vías en “regular” estado, nos consoló. Ya la vía nos permitiría descubrir la benignidad de la información.
No lo pensamos más y empezamos el enrevesado ascenso. De nuevo las curvas parecían perdernos en la húmeda montaña. La oscuridad y la profundidad de los precipicios fueron, otra vez, nuestra compañía.
Para guiarnos intentamos seguir un pequeño vehículo que parecía conocer la ruta. De repente, en el ascenso serpenteante y destapado, el piloto guía giro a la izquierda en una bifurcación y se detuvo. El conductor se bajó y vino hacia nosotros. “La vía a Bogotá es a la derecha. No se detengan por nada en el camino, a veces es inseguro”, advirtió y gentilmente se despidió.

Seis horas después llegamos a Bogotá por los lados de Monserrate. La vista de la gran ciudad, aparentemente dormida, era impresionante. No pude evitar la conjetura según la cuál, muy probablemente, en esas alturas, de una u otra manera, se gestaba la exclusión y el olvido que agitaba las violencias de los territorios que dejábamos atrás.

La reminiscencia de la voz y la mirada cansada de la mujer que rosa los ochenta marcaban el epílogo de la travesía. Las nostalgias que se adivinaban en ella daban cuenta de historias apasionantes que comparadas con nuestra breve correría, humillaban nuestra engañosa audacia. Sin embargo, no dejó de ser una buena aventura que ha servido para escribir estas prescindibles líneas que espero releer en un tiempo más reposado en el que se me dé por mirar hacia atrás.

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