Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/ACORD/AIPS

Llevamos más de una década advirtiendo con pruebas, argumentos y testigos que lo que se vive en los Campeonatos Nacionales de Softball en Colombia no es más que una parodia del verdadero deporte. A punta de «refuerzos importados» de última hora, que aparecen milagrosamente con cédulas colombianas expedidas en pueblos donde nunca han lanzado ni una tapa de gaseosa, se está sepultando el verdadero talento local. Y lo más grave: las autoridades han mirado para otro lado, convirtiéndose en cómplices pasivos de una práctica que bordea la ilegalidad y desprecia el desarrollo deportivo nacional.

¿Dónde están las leyes?

Que no vengan ahora con el viejo cuento de que «la Federación no dicta las leyes». Aquí no se trata de legislar, sino de hacer cumplir las normas vigentes. El Artículo 52 de la Constitución Política de Colombia garantiza el acceso al deporte y ordena su fomento como derecho social. ¿Y cómo se fomenta el deporte nacional si las ligas prefieren pagarle a foráneos antes que formar a los suyos?

Además, la Ley 181 de 1995 (Ley del Deporte), modificada por la Ley 1946 de 2019, es clara: el objetivo del Sistema Nacional del Deporte es promover la masificación y el desarrollo del talento nacional, especialmente en categorías menores. ¿Dónde queda ese principio cuando una selección regional se convierte en una franquicia importada, que recluta a última hora a peloteros venezolanos para “ganar como sea”?

La omisión de la Federación

Durante casi una década al frente de la Federación Colombiana de Softball, el señor Edwin Díaz fue incapaz de establecer un control serio frente a este fenómeno. Siempre con la excusa servida en bandeja: “eso lo decide el Ministerio del Deporte”. Mentira a medias, porque es competencia de las federaciones reglamentar y supervisar sus torneos, conforme al artículo 21 de la misma Ley 181. No se trata de nacionalismo xenófobo —como algunos intentan desvirtuar el debate—, sino de justicia y equidad deportiva. ¿Cómo se le exige a un pelotero colombiano entrenar, competir y destacarse, si al final es desplazado por alguien que llegó con una cédula express y un contrato por debajo de la mesa?

La esperanza en la Dra. Rina Corcho

Hoy, con la llegada de una nueva junta directiva, encabezada por la Dra. Rina Corcho, muchos esperan un cambio real. Ella lo ha dicho: “vienen cosas diferentes para el softball colombiano”. Y más le vale que así sea. Desde esta tribuna no haremos reverencias ni escribiremos alabanzas vacías: estaremos vigilantes, atentos, exigentes. Queremos ver reglamentación clara y pública, sanciones a las ligas que violen los principios del deporte nacional, y lo más importante: inversión y desarrollo en el talento local.

¡Hora de actuar!

Es momento de lanzar una cruzada nacional por la protección del deportista colombiano, por el verdadero espíritu competitivo, por la dignidad del softball. Basta ya de disfrazar campeonatos con jugadores de alquiler. Lo fácil siempre será contratar a alguien ya hecho, pero lo valioso —y lo legal— es formar y creer en lo propio.

No más carreta. No más excusas. Las leyes existen, las normas están claras y la responsabilidad es compartida. A las ligas y a la nueva Federación les toca ahora demostrar de qué están hechas. Y si no, que no se sorprendan cuando les digan que no son campeones, sino simples importadores de trofeos ajenos.

Porque el que no defiende lo suyo, no merece ni aplaudir.

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