Por Robinson Diaz Granados Obyrne/ Amsterdam-Holanda
Colombia no necesita enemigos externos: se basta sola para devorarse desde adentro. Y lo que estamos presenciando en este momento no es nuevo, es la repetición macabra de una historia escrita con sangre y poder. El atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay ha desatado una cacería discursiva, donde los dedos apuntan, sin pruebas ni recato, hacia el presidente Gustavo Petro, como si el odio fuera patrimonio exclusivo del gobierno actual. ¡Qué hipocresía! ¡Qué desmemoria!
Colombia es un país enfermo, sí, pero no desde hace dos años ni por culpa de un solo hombre. Es una nación con un odio que se transmite por vía sanguínea, incrustado en el ADN de una élite que, durante décadas, ha confundido la democracia con el feudo y el poder con el botín. Un país que se ha construido sobre la sangre de sus líderes: Jorge Eliécer Gaitán en 1948, Luis Carlos Galán en 1989, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, Jaime Pardo Leal… La lista es tan larga como vergonzosa. Más de 10 candidatos presidenciales asesinados a lo largo del último siglo. Y luego preguntan por qué estamos rotos.
“¿Quién dio la orden?”, repiten los mismos que han saqueado al Estado, los que han callado ante los falsos positivos, ante las masacres de líderes sociales, ante los cuerpos sin nombre que flotan en los ríos de Colombia. La narrativa del odio no nació en este gobierno, señores, solo cambió de disfraz.
La clase política que hoy se rasga las vestiduras, no lo hace por la vida del senador Uribe, sino por la oportunidad de volver al poder. Son los mismos que jamás crearon una empresa, que jamás se ensuciaron las manos trabajando, pero que viven como magnates. Se han enriquecido a través de un Estado que han convertido en su caja menor, de contratos, coimas, burocracia y, en muchos casos, narcotráfico. Porque sí: el narcotráfico, esa bestia de mil cabezas, ha sido el verdadero jefe de la política colombiana.
Las alcaldías, gobernaciones, asambleas y concejos han sido tocadas, cooptadas, infiltradas por ese engendro que muta, se disfraza, se esconde, pero nunca se va. Y mientras tanto, el pueblo: ese mismo pueblo que por primera vez en décadas siente que alguien lo mira desde la Casa de Nariño, es acusado de ser parte de un “régimen”.
¿Molesta que se le dé preferencia a los pobres? ¿A los campesinos? ¿A los jóvenes sin oportunidades? Parece que sí. Porque en este país, el verdadero crimen es gobernar para el pueblo y no para los banqueros ni los empresarios que se fingen patriotas mientras evaden impuestos y compran conciencias.
No. La violencia no la trajo este gobierno. La violencia ha sido nuestra compañera histórica. El problema es que ahora hay quienes no soportan que, en medio de esa violencia, haya una voz distinta que no se doblega. Una voz que les resulta incómoda porque no les rinde pleitesía.
Colombia no necesita más discursos incendiarios. Necesita verdad. Y la verdad es que los enemigos del país no están solo en las selvas, ni en las fronteras: muchos están en los salones del poder, vestidos de legalidad, pero con el alma untada de sangre y billete.
La pregunta no es “¿quién dio la orden?”. La pregunta es: ¿cuándo vamos a dejar de ser cómplices de los mismos de siempre?

