Por Luis Adolfo Payares Altamiranda

En el décimo piso del Hospital Universitario de Cartagena, donde la vida y la muerte se daban la mano cada día, un hombre resistía, inmóvil, boca abajo, con un tubo conectado al rostro y la esperanza colgando de un suspiro. Raúl Pardo estuvo allí. Sobrevivió. Hoy, cuatro años después de esa larga noche, aún siente el dolor en las costillas y en la memoria. Aún se pregunta cómo lo logró. Pero lo cierto es que volvió. Volvió de donde muchos no regresaron.

Corría el año 2020 y el mundo se había detenido. Las calles vacías, los rostros cubiertos, los abrazos prohibidos. Raúl, un hombre fuerte, pensionado de la Policía y trabajador de la Universidad de Cartagena, se convirtió en uno más entre los millones contagiados. Pero no fue uno más. Su cuerpo fue tomado por el virus con una fuerza demoledora: el 95% de sus pulmones comprometidos. Lo desahuciaron.

“Yo me automediqué. Me las quise tirar de intelectual”, dice hoy con una mezcla de humor y tristeza. Al principio evitó el hospital, creyendo que lo podía manejar. Pero pronto la enfermedad lo dejó sin fuerzas para moverse. “Con solo girar la cabeza me mareaba”, recuerda.
Fotografía de la radiografía de los pulmones de Raul Pardo, con un compromiso del 95%, su pronostico era reservado.

Lo llevaron al Hospital Universitario. Fue allí donde el destino lo puso frente a dos muertes que aún lo persiguen. En ese mismo piso, ese mismo pasillo, murieron dos figuras queridas de la ciudad: el líder político Hernando “Nando” Padauí y el músico y maestro Víctor “El Nene” del Real.

Raúl no los vio morir —la máscara de oxígeno lo dejó ciego temporalmente—, pero los sintió partir. Supo del final de Nando Padauí por el rumor entre enfermeros. Dicen que se desesperó. Que no aguantó más. La posición decúbito prono, que obliga a los pacientes a permanecer boca abajo durante horas, lo quebró. Es una postura cruel: todo el peso del cuerpo aplasta el estómago, los hombros se entumecen, la espalda arde. Y cada respiración se convierte en una lucha, como si la muerte te soplara al oído. Padauí no resistió. El desespero le ganó la batalla.

“El secreto fue tener paciencia”, repite Raúl. Él la tuvo. A pesar del dolor, del encierro, del oxígeno que le quemaba la nariz y lo dejaba ciego, de la angustia de escuchar los gritos al mediodía cuando los familiares recibían el parte médico de los muertos.

Durante 45 días vivió entre la vida y la muerte. “Estaba con pañal, boca abajo, sin ver, solo escuchando. La única hora en que uno sabía la verdad era al mediodía, cuando los familiares gritaban. Si había gritos, era porque alguien había muerto. Siempre había gritos”.

Raúl sobrevivió al COVID, pero también al sistema de salud colapsado. Esperó turno, como todos. No importaba que hubiera sido policía o que tuviera amigos médicos. No importaba si tenías dinero o apellidos. La pandemia igualó a todos. “Eso fue lo que más aprendí. Aquí todos somos iguales. En un hospital no hay estrato, no hay político, no hay apellido. Solo hay un cuerpo enfermo y un alma esperando”.

Desde entonces, Raúl ha cambiado. Agradece más. Se mueve con más humildad. Y sueña. Sueña con crear un banco de pañales para los pacientes de UCI. “Nadie sabe lo que sufre una persona acostada todo el día, sin poder limpiarse, sin poder pedir ayuda. Eso lo viví. Y quiero ayudar a que otros no lo vivan así”.

Su voz tiembla, pero no se quiebra. Porque si algo ha aprendido es que la clave para sobrevivir no fue solo la fe, ni los médicos, ni la suerte. Fue la paciencia. “La única forma de salir vivo de ahí fue tener paciencia. Aguantar. Aunque te duela el cuerpo, aunque no veas, aunque escuches gritos de muerte todos los días. Paciencia. Yo estoy vivo porque tuve paciencia”.

Raúl Pardo no solo sobrevivió al COVID… sobrevivió al olvido, al silencio, a la espera amarga de la muerte que rondaba las camas del hospital como un buitre cansado.

Hoy camina distinto. Como quien ya cruzó al otro lado y volvió con una verdad colgando del pecho: que la vida no se da, se conquista.

Raúl es la memoria de una ciudad que lloró en voz baja. Un faro que aún tiembla, pero alumbra. Y un susurro vivo de que, incluso cuando todo se derrumba, la esperanza… todavía sabe el camino. Al final solo dice: Gracias Dios. Gracias Hospital Universitario.

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