Por Danilo Contreras
No solo la historia sino también la literatura ha dejado testimonio del sectarismo que se encuentra íntima e inescindiblemente ligado a la tragedia de la violencia nacional.
En un libro clásico que mal leí en la época del bachillerato como disciplina impuesta por algún profesor de “lenguaje”, consta un pasaje que me sirve ahora para argumentar estas prescindibles ideas: “…- Y diga compadre…¿Se amistaron don Roque y el Anacleto? – No se dijeron esta boca es mía, como si no fueran prójimos…El viejo no le perdonará nunca al muchacho el haberle salido rojo…El muchacho salió a su tío y es muy insolente…Yo tengo miedo…- ¿Miedo? – ¡Miedo de que ese rojo bandido del muchacho mate un día de estos a don Roque, que es tan buen godo!…”. (El Cristo de espaldas. Eduardo Caballero Calderón).
El sectarismo, que es intolerancia extrema frente a quien piensa distinto, ha sido y es aún, infortunadamente, piedra angular de política en Colombia, y en esa expresión de la cultura del país, el lenguaje suele convertirse en herramienta agresiva que en no pocas oportunidades ha sido antesala de lo que Laureano Gómez denominó el “atentado personal” por allá en los albores de la década de los años 40 del siglo XX. Los epítetos como “cachiporros y godos” tenían, en sí mismos, una connotación descalificadora y ofensiva, dependiendo de la facción que los utilizaba.
El lenguaje que es la formula humana para exteriorizar el pensamiento, y como decía Wittgenstein, determinar los límites de nuestro entendimiento, ha sido arma eficiente de la violencia sectaria, no solo en nuestra nación, sino en múltiples y aciagos eventos históricos que lo acreditan: un caso ejemplificador es el de los días y horas previas al genocidio de Ruanda de 1994, cuando dirigentes de la etnia Hutu, se tomaron los medios de comunicación de aquella nación africana y masificaron el mensaje de que sus compatriotas de la etnia Tutsi eran “cucarachas”, con la explicita y eficaz intención, conforme lo probaron los hechos, de “deshumanizar” a sus adversarios sociales y políticos, esto es, el lenguaje utilizado como mecanismo de exacerbación del odio que finalmente desemboco en la matanza de casi un millón de almas.
Sin duda existe una relación entre la cultura y en consecuencia entre el lenguaje como una de sus formas concretas, con la formación de la personalidad de los individuos y la estructura social en la que se desenvuelven. Al respecto Zigmunt Bauman, en su obra “Esbozos sobre la teoría de la cultura” expone: “…la cultura puede participar de manera determinante en el proceso de creación de sentimientos de unidad entre las personas que pertenecen a un grupo…”, o de división pugnaz, agrego yo.
Estas reflexiones corresponden con realidades que observamos cotidianamente en nuestro medio. Justamente hoy, bien temprano en la mañana, me encontré, por azar, con la siguiente publicación en la red social X del señor Samuel Tcherassi, de quien tengo casi nulas referencias, pero de quien se dice, pretende aspirar a la alcaldía de Barranquilla: “Ya que estamos repartiendo madrazos… @petrogustavo madrea a @EfrainCepeda @VickyDavilaH madrea a @petrogustavo, el ministro @GA_Jaramillo madrea también, y yo, viendo tanto madrazo, aprovecho y madreo a él: @AlejandroChar…”.
Esta patética publicación acredita con hechos actuales, como se reproducen el sectarismo y la violencia a partir del lenguaje en la cultura política nacional. Lo grave es que quienes detentan poder económico, político y social se convierten en verdaderos “arquetipos”, vale decir, modelos culturales y en consecuencia de comportamiento a seguir, primero entre los mismos poderosos rivalizando, y luego para los ciudadanos del común que, irreflexivamente, intentan imitar a quienes en teoría gozan del “éxito” y el reconocimiento público. Lo que sucede a nivel nacional en el debate público, se reproduce en lo local y termina por negar la política como formula de construcción de acuerdos para la convivencia pacífica. No es otra la razón del protagonismo adquirido por algunos de los nuevos dirigentes de la política colombiana, que hacen palidecer liderazgos legítimos y confiables que van más allá del tik tok o el Instagram.
Agrego que el lenguaje vulgar enerva o anula la política, pues la vulgaridad es generalmente entendida como deleznable, y no sirve en nada a la argumentación racional, salvo que la expresión vulgar este dotada de un giro humorístico, si se considera que el humor es un rasgo de inteligencia que amaina la dureza de la expresión verbal. La vulgaridad en el discurso público evidencia ausencia de argumentación o cuando menos pobreza del raciocinio.
Pocos negarían el papel desintegrador que el sectarismo político ha jugado en acontecer nacional, a no ser por la manera persistente en que nos aferramos a esa indeseable tradición, o quizás, pandemia nacional. La cultura, en ese contexto, sigue siendo relegada a espacio carentes de protagonismo en la agenda pública, con algunas excepciones como la del periodo de Mockus en la alcaldía de Bogotá cuando la denominada “cultura ciudadana” fue eje central de su programa de gobierno con resultados que aún sirven de referente entre muchos ciudadanos.
Revisando esa política, llamó mi atención que en esa época se planteaban como metas i. aumentar los índices de ciudadanos que llevan a otros, de manera pacífica, a cumplir normas de cultura ciudadana y convivencia, vale decir, mutua y dinámica regulación, lo que implica un ejercicio ético de argumentación y convencimiento racional, y ii. aumentar los mecanismos de solución alternativa de conflictos a partir de una visión compartida de la ciudad.
La complejidad que significa la aplicación de estas políticas, proscribe definitivamente lo vulgar y prosaico que domina la palestra del debate nacional, pues en lo vulgar no hay inteligencia, sino mera simplificación.

