En el programa de hoy, de «Vision del Deporte», el sicólogo deportivo Carlos Cruz, y el periodista Kevin Bello, junto con Gustavo Valiente, nos dan unas luces de lo que le hace falta a Colombia en los últimos partidos de Selección, en cuanto al futbol se refiere. Aquí están algunas de las conclusiones.
En el último suspiro. En ese minuto donde los pulsos se aceleran, las piernas pesan más de lo normal y la mente se nubla entre el miedo y la gloria. Ahí, justamente ahí, es donde Colombia ha tropezado una y otra vez. En finales de Copa América, en clasificatorias, en amistosos y ahora, otra vez, con una generación que lo da todo… pero se queda sin todo.
¿Es mala suerte? ¿Nos falta jerarquía? ¿Acaso la mentalidad es nuestro enemigo eterno? Es fácil refugiarse en la narrativa del “perdedor psicológico”, como si el ADN del colombiano llevara implícita la claudicación. Pero no, no es una tara genética. Es una deuda estructural.
Los cuatro pilares del fútbol de alto rendimiento
La derrota no es mental, es multifactorial. Y eso lo saben quienes han estudiado el fútbol con profundidad. El análisis realizado por el equipo de Visión del Deporte —con voces autorizadas como el doctor Carlos Cruz, Kevin Bello y el doctor Valiente— es claro: el jugador colombiano sigue sin recibir una formación integral. ¿Y qué quiere decir eso?
Que al futbolista nacional, aún en pleno siglo XXI, se le sigue entrenando con el modelo del “talento natural” y no bajo los parámetros científicos de alto rendimiento. Porque el fútbol, aunque conserva su magia, es cada vez más ciencia.
El fútbol moderno se construye sobre cuatro pilares que deben ser trabajados con igual rigurosidad: físico-atlético, técnico, táctico y mental. Si uno falla, todo se viene abajo. En Colombia, el componente mental ha sido por años un accesorio, no una prioridad. Se consulta al psicólogo tras una derrota, como quien acude al curandero después de caerse de la moto. Pero lo mental se entrena antes, no después. Se previene, no se reacciona.
El “último minuto” no es un accidente
El partido del sábado fue una radiografía brutal. Un gol aéreo tras un centro que cayó casi en el punto penal. Un arquero espigado que no controló su zona. Jugadores fundidos. Una desconexión táctica en los cambios. ¿Fue mental? Claro, pero también fue físico, técnico y estratégico.
Los últimos 20 minutos fueron un solo equipo en cancha. Nuestros jugadores, como dijo el doctor Valiente, se fundieron. Y eso no es mala suerte: eso es preparación deficiente. Es falta de planificación de cargas, de microciclos bien diseñados, de entrenamiento situacional.
Entrenamiento situacional: la clave que aún ignoramos
El fútbol de élite ha comprendido que las decisiones bajo presión no se improvisan. Se entrenan. Así como un boxeador simula esquivas, o un piloto de Fórmula 1 hace vueltas en simuladores con lluvia artificial, el futbolista debe entrenar la toma de decisiones cuando la presión lo consume. Eso es entrenamiento situacional.
¿Por qué cuesta cometió ese error en la final ante Argentina? ¿Por qué un defensor no despeja cuando lo lógico es reventar? Porque no basta con saber jugar. Hay que saber reaccionar. Y eso solo se logra cuando el cuerpo y la mente ya han vivido ese momento, una y otra vez, en los entrenamientos. Porque un jugador preparado no improvisa, aplica.
No es una cuestión de carácter, es de método
No es que los jugadores colombianos no tengan carácter. Lo tienen. Si no, no tendríamos a Mariana Pajón, ni a Montoya, ni a Yuberjén, ni a Pambelé, ni a Falcao. Pero ese carácter necesita estructura, metodología, ciencia. El talento, sin método, es efímero.
La escuela de La Masía del FC Barcelona ha implementado con éxito el modelo de “situaciones simuladoras de juego”, donde el jugador entrena partidos con un hombre menos, situaciones de cierre de juego, presión alta o defensa de bloques bajos. Por eso sus equipos no se desmoronan cuando las papas queman.
¿Qué le hace falta a Colombia?
Nos hace falta humildad metodológica. Reconocer que el talento no basta, que el biotipo no alcanza, que la garra se agota si no se entrena la mente. Y que un futbolista integral no nace, se forma.
Ganar es perder un poco… quizás. Pero perder siempre en el último minuto es no haber ganado nunca el partido más importante: el de la preparación.
Hoy, más que nunca, Colombia necesita cambiar el chip. No es solo “creer”. Es prepararse para creer con argumentos. Y ese cambio empieza por transformar la manera en que se entrena a nuestros futbolistas desde la base.
Porque el fútbol no es solo un juego de pies. Es, ante todo, un juego de cabeza.

