Las redes sociales han transformado el ecosistema de la comunicación global, pero no siempre para bien. En su evolución, han permitido que emerjan una serie de especímenes que desdibujan los límites entre el periodismo, la opinión informada y el mero entretenimiento superficial. El acceso a un dispositivo móvil, cualquiera que sea, ha convertido a muchos en creadores de contenido sin el menor rigor profesional, sin conocimientos básicos de articulación del lenguaje y, lo más preocupante, sin una conciencia real del impacto que generan.

Después de la pandemia, el fenómeno se intensificó. La necesidad de comunicación y el confinamiento propiciaron la aparición de personajes que, con poco conocimiento en comunicaciones y cero formación crítica, encontraron en las redes sociales un escenario perfecto para emitir mensajes toscos, burdos y carentes de sentido. Lo que en otro tiempo hubiese sido considerado contenido irrelevante o hasta repudiable, hoy es consumido masivamente sin cuestionamientos.

Desde la psicología, este fenómeno se puede analizar desde dos ángulos fundamentales: el narcisismo digital y la sobrestimación de la opinión personal. En primer lugar, muchas de estas figuras han desarrollado una dependencia a la validación social inmediata que ofrecen los «me gusta», comentarios y compartidos. Esta retroalimentación constante refuerza la sensación de relevancia y, en muchos casos, crea un sesgo de superioridad que los lleva a asumir roles que no les corresponden. En segundo lugar, la facilidad con la que cualquiera puede difundir mensajes ha generado una inflación de la opinión personal, dando la falsa percepción de que cualquier idea, por absurda o mal fundamentada que sea, merece el mismo nivel de atención que un análisis serio y documentado.

Uno de los efectos más peligrosos de esta tendencia es la normalización del lenguaje soez y la emulación de lo vulgar. Muchas cuentas se han convertido en verdaderas tribunas de la agresividad verbal, la desinformación y la apología de conductas cuestionables. La falta de regulación ha permitido que estos «influenciadores» moldeen la opinión pública sin ningún criterio, lo que ha llevado a un deterioro en la calidad de la información que consumimos a diario.

En Cartagena hay una gran cantidad de redes sociales dirigidas por guacharacos digitales, que producen contenido de bajo nivel pero que sus seguidores consumen sin saber por qué. Esto evidencia la necesidad de una mayor conciencia crítica en los usuarios y una exhortación a la cautela y la verificación juiciosa antes de aceptar contenidos de dudosa procedencia.

Afortunadamente, en Colombia, un senador ha propuesto frenar este fenómeno mediante regulaciones que buscan poner límites a la proliferación de estos contenidos paupérrimos. Esta iniciativa pretende establecer estándares que obliguen a los creadores de contenido a asumir una mayor responsabilidad sobre el impacto de sus mensajes en la sociedad. Sin embargo, la solución no solo debe venir desde el Estado, sino también desde la educación digital y la formación crítica de los usuarios.

El poder de las redes sociales radica en su capacidad de alcance global: un mensaje emitido en una habitación de Bogotá puede ser escuchado en Japón en cuestión de segundos. La verdadera pregunta es: ¿estamos enviando el tipo de mensajes que como sociedad queremos compartir con el mundo? La respuesta a esta interrogante es crucial para definir el futuro de la comunicación en la era digital.

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