Por Rodolfo Díaz Wright

El alcalde Dau no solo es un incompetente, que se inscribió en una elección incierta por pura recocha, le sonó la flauta porque en Cartagena todavía hay gente que cree en brujas y en el diablo, sino que además en un tonto de remate que se imagina que además de ingenua, la gente es pendeja y el es tronco de vivo.

Lejos quedaron los tiempos en que sus delirios de salvador y sus denuncias locas tenían audiencia y la gente  aplaudía su catadura menesterosa y su indumentaria de perdulario, que combinaban maravillosamente con un discurso arrabalero y chabacano, pobre imitación de las buenas sesiones de chistes costumbristas del cuchilla Geles en el emblemático Camellón de los Mártires. Espero que el señor Cuchilla, desde el más allá, me perdone esta comparación.

Hoy, con una aceptación estítica del 18%, no convence ni a la pelo azul y sus salidas pendejas de “tu papa te quiere” y “el tractor tu alcalde”, antes que gracia, producen molestia, desagrado y señalamientos de tan grueso calibre, que desbaratarían un recreo de presos y que no me atrevo a transcribir por razones obvias.

Y la verdad es que no es para menos: el salvador terminó siendo un verdadero fiasco y sus propuestas grandilocuentes y altisonantes de tres hojitas, poco a poco se fueron diluyendo en un batiburrillo de insultos, peloteras, rectificaciones, borrones,  declaraciones, videos y en vivos, casi siempre tan acelerados y temerarios que más que soluciones, generaban zozobra, descontrol y decepción.

Con el sol en las espaldas y la Procuraduría husmeandole las corvas, hoy pretende reencaucharse en cuerpo ajeno y, sin pudor alguno, ha comenzado a feriarse, en cuanta bobada se les ocurre, los 400 y pico de  mil millones que, graciosamente, le aprobó el Concejo,  siempre con la mira puesta en el favorecimeinto de una candidatura a la alcaldía que le garantice tranquilidad cuando, sigilósamente, se deslice con la complicidad de las sombras del Tío Sam, hacia los destinos oscuros de los sótanos de Brooklyn.

 A escasos 150 días de finalizar su triste y decepcionante mandato, no alcanza a comprender, en que momento se le ocurrió la descabellada idea de creer que el podía ser alcalde de una ciudad como Cartagena, cuando no tenía ni  la más mínima idea de por donde le “entraba el agua al coco” y ni la más mínima posibilidad de, algún día, llegar a entenderlo, dadas sus complejas condiciones profesionales, personales y humanas, que lo presentan  como un individuo tozudo, ramplon, temerario, conflictivo y agresivo.

La letra con sangre entra, decían las abuelas, y los cartageneros ya hemos derramado bastante sangre, como para haber aprendido  esta dura lección. Con una ciudad estancada, empobrecida, criminalízada y prostituida, es el momento justo de mostrar que somos capaces de corregir el rumbo, de dejar de creer en salvadores y heroínas aparecidos a última hora, con sus artimañas de carnaval y su carita de yo no fui, con la sola intención de engañar y atrapar incautos.

Los cartageneros debemos ser conscientes y entender que lo que nos pasa no es producto del azar ni porque somos salados. Somos responsables de no haber sabido elegir líderes inspirados, experimentados, con una trayectoria de buena gestión y gerencia de lo público y con muchas obras y realizaciones que mostrar. La vaina está de bola a bola.

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